Sinónimo de desorden mayúsculo, y basurero. ¡Qué “arrabal”, mamacita!

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La verdad es que, cuando de los pueblos se ausentan la autoridad, como el respeto a todo, llevándose consigo el civismo completo de la gente, cualquiera se desmaya al reparar en los múltiples efectos dañosos que se derivan, más que notables. ¡Dominicana no constituye la llamada excepción que confirma la regla!

Qué penoso y desagradable resulta entonces el transitar por muchas de sus áreas viales, a pie, principalmente, o montado, si es que se prefiere; observar los grandes montones de basuras que se acumulan por todas partes, y cada vez se aumentan desaprensivamente; las aguas negras que corren por sus contenes interiores y aledaños; como, el tener que respirar los desagradables olores que impregnan las zonas de que se trate.

Y, unidos a esos, se tendrán que respirar en adición los gases tóxicos que despiden los vehículos en mal estado, las tantas chatarras (carros y guaguas destartaladas), usadas para el transporte público de pasajeros, y que se les permite el libre tránsito, adornados por lo regular con ruidos estruendosos, que nunca faltan para completar.

Además, estará en el coctel que se ofrece, el ver y reparar con atención en los comportamientos temerarios que observa la mayoría de los choferes que por allí se destacan, para los cuales ninguna norma regulatoria merece respeto, actuándose de ordinario en las narices de las pseudo autoridades del ramo apostadas por esos predios; que se hacen de la vista gorda, como se dice, cuando no es que se supone, procuran los picoteos permisivos acostumbrados.

Proceden los desorejados conductores, produciendo grandes taponamientos, parándose en las mismas esquinas por allí, para dejar, montar, o esperar pasajeros, como el que a mí no me importa ¡El que venga detrás, ¡qué se espere! Y, si algo se les dice, hay que esperar el insulto, o el desafío “tigueril”. ¡Bien a la vista en Dominicana! ¿Verdad?

En lugares arrabalizados, como ese a nivel nacional de que aquí se trata, se ve de todo, y algo más. Por ejemplo, las aceras, y los laterales de las vías públicas, para desplazarse peatones, y vehículos, respectivamente, siempre están repletos de desperdicios sólidos; materiales de construcción diversos; y cuando no, son   destinados los espacios para talleres de mecánica y desabolladura; u, ocupados como extensiones de algunos negocios en el área.

Como es lógico suponer, las personas que por allí tienen que caminar, corren grandes riesgos, lanzándose sobre los vehículos en marcha para poder llegar a sus lugares de destino. Esos sitios los convierten en lo que podría llamarse “pandemonios” de marca mayor.  ¡Qué abuso!

El que quiera comprobar en gran parte lo expresado con anterioridad, y “saborear” lo que a nosotros nos toca de tales calamitosas situaciones, solo tiene que pasearse un tiempito, principalmente a pie, por el kilómetro nueve (9) de la autopista Duarte, prácticamente la entrada a la capital dominicana, y sus alrededores, procurando llegar hasta la entrada del barrio “Las Palmas”, en Herrera, yéndose desde allí por el tramo conectivo de la Ave. Isabel Aguiar.  ¡Cuántas “linduras” se verán!

Podrá apreciar con un mínimo esfuerzo, el desastroso panorama allí reinante: todo la zona llena de basuras, incluidos platos plásticos y botellas; venduteros públicos, más desorganizados que todos los pelos de los peinados modernos, inclusive sobre los pasos peatonales a desnivel de que dispone el lugar, obstruyéndose el que se pueda caminar por los mismos; guaguas y carros del transporte aparcados, y hasta abandonados por doquier (han convertido de todo eso en un amplio garaje para chatarras, y talleres diversos).

Completa el espectáculo, un puñado de “tigueres” y vándalos obligando a la gente a tener que montarse en los vehículos que a ellos les vengan en gana, bajo amenaza fehacientes con palos y tubos en las manos. Son contratados por los dueños de las rutas que operan.

Además, se notarán los que nunca pueden faltar donde se dan las aglomeraciones de gente: los carteristas y asaltantes que siempre andan merodeando por la zona. En este caso, sin importarles, claro está, que estén en los frentes de un destacamento policial. El mismo luce como si fuera la planta de una emisora de radio más.

Cualquiera se preguntaría, ¿y por dónde es que andan las autoridades edilicias de esta nación?, principalmente, a las que corresponden a todo ese sector al oeste de la ciudad capital; como las mismas policiales, y del transporte en general. ¿Es que van a dejar que esta sociedad se acabe de derrumbar, con espejos como ese, que por otros barrios pueden ser emulados?

Como es obvio, tampoco se está advirtiendo la nocividad que se deriva de esa exhibición tan desagradable a la vista allí, como esa referenciada, con relación a lo que aquí se tiene como la principal industrial nacional: el turismo.

Aunque zonas de carenciados, y desordenes fehacientes como tal, difícilmente permitan las autoridades que visitantes extranjeros hagan acto de presencia en la misma, en cualquier momento puede aparecer gente mal intencionada entre nosotros, que programen “tours” por ese lugar, en pos del descrédito derivado a lo nuestro, para beneficiar a empresarios del ramo en otras latitudes, que la “boroneen” bien. “¡Ojo al Cristo”, autoridades competentes!

Y, la verdad es que, todo el turista que bien observe, reflexionando además sobre cuánto existe en dicha zona, difícilmente quede con deseos de volver al país, máxime cuando conozca otros espacios del mundo turístico.

 

Autor: Rolando Fernández

 

www.rfcaminemos.wordpress.com

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