Relato de espanto: “Yo soy El Rompebrázose, aquí no me van a traer su comunímose….”

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Por: Emiliano Reyes Espejo

ereyes@indotel.gob.do

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La gente estaba alborozada, casi delirante y comenzó a vociferar ¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad!. La obra “Mi hijo me condena”, de un autor barahonero había concluido exitosamente. El elenco de la Sociedad Artística Tamayense (SAT) culminó su función cuasi magistral en el cine del municipio de Padre Las Casas, provincia de Azua, y la gente lo disfrutaba en medio de la algarabía.

Pero todo no podía ser perfecto. Alguien tenía que echar “una pasta de jabón en el sancocho”.

La SAT presentaba actividades culturales, teatrales, comedias y a imitadores de cantantes famosos de la época. Los escenarios eran mayormente los cines de Tamayo, Vicente Noble, Cabral y otras comunidades de la zona.

La idea no era solo llevar entretenimiento con el engalanado fervor juvenil, sino también insuflar mensajes políticos sutiles y subyacentes. En las obras que presentábamos, se introducía un contenido básico casi imperceptible y a veces muy directo en contra del régimen de turno, el del fenecido presidente Joaquín Balaguer. Se agregaban además elementos ideológicos que estimábamos contribuían a un proceso revolucionario.

El argumento de la obra “Mi hijo me condena” se fundamenta en el caso de un general del ejército que creó fama con la desarticulación y destrucción de focos guerrilleros. Cada cierto tiempo este comandante militar –narra el libreto- convocaba a la prensa para informar la derrota de un foco guerrillero.

-“Hemos invitado a los honorables miembros de la prensa, de los cuales nos honramos con su entrañable amistad, para informar la derrota definitiva del foco guerrillero castro-comunista de la zona norte”, expresó el general Nepomuceno Vicioso.

El silencio fue la respuesta del público que abarrotaba la sala del cine de aquella noche en el municipio de Padre Las Casas. En contraste, se escucharon algunos aplausos entre los concurrentes.

–“¡Bravo! ¡bravo!, así se hace mi general, hay que darle duro a lo comunítases…”

La eufórica expresión retumbó con voz estruendosa entre los asistentes. Era el comandante militar de la plaza, un coronel del ejército que se identificaba él mismo como “El Rompebrázose”.  El militar había permanecido en el público disfrutando de la función con su séquito de guardias. En principio ufanaba que su presencia allí era para garantizar que no ocurrieran desórdenes. Era un hombre fornido de casi 300 libras y tez negra que se desplazaba con gestos simiescos.

El coronel El Rompebrázose era “ley, batuta y Constitución” en Padre Las Casas, la máxima autoridad, el “rey de las montañas” y el terror de los pobladores. La policía y el síndico del municipio apenas contaban ante el poder que exhibía este oficial.

La misión de éste estaba en la zona, según se supo, era prevenir el surgimiento de focos sediciosos en las montañas del municipio de Padre Las Casas, una comunidad caracterizada por estar ubicada en un “valle intramontano de la Cordillera Central”, entre  exuberantes montañas y estimada sobre todo por su producción de café, principalmente de las variedades Caturra y Típico, que se cultivan en las zonas altas.

Para los fines de las Fuerzas Armadas era considerado un territorio estratégico en el que se temía que surgieran focos guerrilleros. La comunidad, también pródiga en la producción de habichuela, arroz, gandul, tayota, haba, plátano, manzana, limón persa, naranja, yautía, auyama, batata y yuca, era asimismo, una especie de “feudo” de la familia Paniagua.

El síndico Jesús Paniagua, del Partido Reformista del doctor Joaquín Balaguer, mantenía allí un estricto control político. El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) de entonces hacía su contraparte, pero con pocos éxitos porque los Paniagua se imponían  “a sangre y fuego”, pese a ser oriundo de allí uno de los más connotados dirigentes perredeistas de la época, Héctor Aristy, un ex canciller, diplomático y combatiente de la Guerra de Abril.

En el curso del desarrollo de la obra a El Rompebrázose se le veía eufórico, vociferaba y reía a carcajadas luciendo toda su bonhomía y resplandecientes dientes blancos.

–“Así es, así es, aquí no van a goberná esos comunítase…”, decía éste cuando el general Vicioso informaba en la narrativa de la obra de la caída de otro frente guerrillero.

-“General, agarramos vivo al jefe de la guerrilla”, dijeron militares a su comandante en un momento en que el alto oficial se solazaba en su oficina.

-“Tráiganmelo”, respondió éste. –“Yo me voy a encargar de este maldito, ese hijo de puta que me tiene de mojiganga, poniéndome a coger tanta lucha…”.

En eso varios militares irrumpieron en la oficina del general con el líder guerrillero amarrado.  El oficial estaba apoltronado en su sillón de espalda a la puerta de entrada, dio un giro al sillón y vio que el apresado era su propio hijo.

Al ver que era el hijo del que se ufanaba por haberlo enviado a estudiar a las mejores universidades nacionales y extranjeras, en tono alterado éste enrostró a su vástago todo el sacrificio que había hecho para su formación.

-“Tú mi hijo, me hace esto, yo que te he dado la mejor educación, te pagué los mejores colegios y universidades…”

-“Sí padre”, -respondió el joven guerrillero. –“Mientras usted me pagaba los estudios en buenos colegios y me financiaba el más alto estilo de vida con dineros del pueblo, con el sacrificio y la sangre de ese pobre pueblo, te enriquecía y sometía a la miseria a esta población”.

-“Tú, tú mi hijo, tú no tienes porqué condenarme, y tú me condenas…”, aseveró el general visiblemente acongojado.

Los militares que capturaron al líder sedicioso escuchaban impertérritos la discusión entre padre e hijo, y reclamaron al general que se hiciera con el insurrecto lo mismo que se hizo con los otros sublevados.

–“A ese hombre hay que fusilarlo mi general, como se hizo con los otros…”, dijeron enfáticos los guardias.

En el ínterin el general Vicioso intentó halar su arma para impedir que se llevaran a su hijo para fusilarlo, pero un disparo certero hecho por uno de los militares atravesó el corazón del alto oficial, en un certero blanco mortal, se narra en la obra.

La confusión reinó en el lugar. Una persona entró al lugar con un radio que difundía la noticia de último minuto en la que se propalaba la caída del régimen. “! De último minuto, de último minuto, derrocan al gobierno con un golpe de Estado…! ”. Tras esta información, la multitud (un grupo de actores) entró a la oficina del general mientras vociferaba y éste yacía muerto, tirado en el piso:

“¡Libertad, libertad, libertad, libertad, tumbaron al gobierno…”, decían los manifestantes.

A El Rompebrázose no le hizo gracias este desenlace de la obra. Ordenó cortar la luz en el cine. En medio de la oscuridad, el oficial y los guardias subieron enfurecidos al escenario, repartiendo golpes, trompadas, pescozadas y destruyendo la escenografía, a la par que lanzaba insultos contra los actores. Cuando conectaron de nuevo la luz, emergió en el escenario el mastodonte del coronel con voz estruendosa y fusil en manos proclamando a los presentes:

-“! Yo soy El Rompebrázose y aquí en Padre Las Casas ustede no van a traé su comunímose…!”.

Los actores e integrantes de la SAT quedamos perplejos. Atinamos a correr a un camerino que habíamos improvisado en el cine. Huíamos para protegernos de golpes y culatazos lanzados a la libre por los militares. Allí se apareció el coronel y entonces fuimos detenidos y conducidos a una celda de la cárcel del ejército. El público se dispersó en toda dirección ante la embestida del oficial militar.

La noticia de nuestro apresamiento llegó hasta los oídos del síndico reformista Jesús Paniagua, quien intervino ante el coronel El Rompebrázose a quien explicó que era solo actuación, que se trataba de una obra de teatro y que no tenía nada que ver en contra del gobierno. Resabioso, El Rompebrázose asintió a soltarnos con la condición de que abandonáramos de inmediato a Padre Las Casas.

–“A mí aquí no van a tráeme su comunímose…Eso yo no lo voy a tolerá…”, dijo enfático el oficial.

El alcalde Paniagua, en cambio, se portó con mucha gentileza con el elenco de la SAT. Éste tuvo que explicar que no podíamos partir esa misma noche para Tamayo porque era muy peligroso, en razón de que había que recorrer por carreteras montañosas desconocidas por nosotros. Nos pidió entonces que durmiéramos en su casa y donde otros vecinos, y que nos marcháramos al otro día temprano, lo cual asentimos.

Cuando despertamos al otro día, en la casa del síndico nos tenían servido un excelente desayuno campestre, con muchos víveres, carne, queso y leche. Nos sentíamos como reyes en la casa del funcionario edilicio.

Ya relajados, comenzamos a comentar lo ocurrido durante la noche en el cine y la actitud de El Rompebrázose. José Reyes, que era uno de los cantantes del grupo y excelente imitador de Leonardo Fabio y de Sandro de América, cantó algunas canciones de los artistas argentinos, lo que hizo que éste terminara “en amores” con una de las jóvenes de la comunidad.

Supe después que José y otros integrantes de la SAT viajaban los fines de semana a Padre Las Casas, no a verse ni a conversar con El Rompebrázose, sino a cortejar las bellas e inteligentes mujeres de esta hermosa región del Sur del país. *El autor es periodista

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