Los perros de mi barrio del ayer

0
93

Por Carlos Díaz Picasso

Siempre he dicho que mi barrio es como un pequeño pueblo, en el mismo nuestros ascendentes criaron a sus hijos, entre los cuales me incluyo.

Recuerdos del ayer llegan a nuestras mentes.

Como olvidar tantos años felices.

Entre esos recuerdos, en el presente escrito deseo destacar los perros del barrio, algunos de los cuales lograron ser famosos.

Como es bien sabido por todos, yo me desarrolle en la calle 4, en la cuadra comprendida entre las calles uno y dos, la calle del colegio Emilio Prud Homme, en lo personal me siento privilegiado, y no es para menos, a mis casi 50 años de edad, junto a la familia que he conformado, me he radicado en mi casa materna.

A los muchachos de mi calle, no nos gustaba andar por la calle 8, específicamente la cuadra paralela a la nuestra, en esa calle siempre había muchos perros sueltos, los cuales nos acarreaban con estridentes ladridos, no importaba si cruzáramos a pie, patinetas, patines o en bicicleta, siempre nos perseguían.

Pensándolo bien, nunca supe de algún caso de mordedura.

En la calle 6 esquina calle 3, se encontraba la casa de Ñego, Alfredo y varias hermanas, quienes vivían con su madre, no recuerdo el padre de ellos, esa casa tenia y aún tiene una pared y encima de esta, una minúscula verja en hierro, era de mediana altura, por lo que; al paso nuestro por la acera, sacaba el rostro un feroz perro Pastor Alemán, ese frente era respetado por todos los muchachos.

Otro perro a resaltar era el de Doña Bola, en mi vida he visto un animal tan obeso, siempre andaba junto a su dueña, quien su andar se limitaba entre varias casas continuas de su propiedad, Doña Bola fue un icono de nuestro barrio, matriarca de varios hijos, esposa de Don Rubio quien también fue un icono del sector.

Doña Bola y Don Rubio procrearon a los mecánicos Manuel, José y Gui, procrearon además a Molonga, Tata y a otros más.

En esa época existían perros respetados por su fiereza, eran perros en verdad guapos.

En la mitad de la casa de Doña Amparo vivían los hermanos Nancy, Franklyn y Yobanny, hijos de Juan y Daisy, una pareja de esposos cristianos, esa familia tenía un perro blanqui-marron que se llamaba Capitán.

Capitán nunca estuvo en cautiverio, se movía en la calle con libertad, a pesar de no ser de gran tamaño tenía una contextura fuerte, mordió a más de uno.

Pero el más guapo, el rey absoluto, lo fue Facundo.

Facundo era el perro de la familia Silverio, Don Efigenio era el ebanista del barrio, tenía un gran taller en el fondo del amplio patio de su casa de la calle 4 número 14.

En un gran salón ubicado antes del taller, estaba amarrado con una larga cadena, cuando íbamos para el taller en búsqueda de aserrín o restos de maderas para jugar, este perro tipo fiera se abalanzaba hacia nosotros, por suerte, la larga cadena lo detenía, aun así, siempre temíamos.

Cuando Facundo se soltaba y salía hacia la calle, todos los perros se recogían, todo el mundo recogia a sus muchachos y cerraba sus puertas y solo se escuchaba una voz alarmada… se soltó Facundo.

Doña Blanca y el famoso saxofonista Isidro La Rana, además de sus siete hijos, tenían un perro llamado Cleudy.

Cleudy era como el dueño de la calle, un perro marrón de bello pelaje, murió por envenamiento y entre los muchachos se vendio la idea de que la responsable de dicho crimen fue la evangélica Doña Mela, madre del Borus, ese rumor nunca fue probado, nadie supo el origen de tan descabellada acusación.

La perra de los Calcaños también fue famosa.

Se llamaba Chivila.

Era una perra de raza salchicha, creo del número más grande, no se las circunstancias de su condición, pero Chivila era tuerta, le faltaba un ojo, y la ausencia de este órgano era evidenciado por una cirugía con marcada cicatriz.

Justo al lado de la casa de Don Cesar y Doña Mecho, había una marquesina abierta que comunicaba la calle con el pequeño patio, solo teníamos que pararnos al frente y de la nada salía Chivila con real acción de violencia, motivando la carrera de todos… nunca mordió a nadie.

El más preferido por todos, lo fue Blanquito.

Si algunos de los muchachos de la época lee este relato, de seguro coincidirán conmigo, Blanquito fue el perro de todos.

Ese perro era de nadie y era de todos, no sabemos cómo llego al barrio, a nuestra calle, a nuestras vidas.

De pelo blanco y ojos azules, donde estábamos él lo estaba, era el perro de ningunos, nadie fue su dueño, y el en cambio fue el dueño de nosotros todos.

Blanquito defendía nuestra calle de otros perros invasores, fue un guardián sin descanso.

Dormía donde sea, pero siempre en la calle 4 y era alimentado por las sobras de comida de todas las casas.

En la actualidad, los muchachos de ese entonces hemos crecido sobre el tiempo, vamos para viejos, del mismo modo Blanquito empezó a envejecer y lo hizo cuando seguíamos siendo muchachos.

Quizás ni nos percatamos.

El paso de los años, días de intemperies, noches descubiertas, comer cualquier cosa, a Blanquito lo fueron enfermando.

Su cuerpo se llenó de sarnas, con aceite viejo fue curado.

Una tarde de lluvia, Blanquito busco cobijo en el jardín de la casa de los Then, imaginen el fétido olor de un perro mojado, con sarnas y aceite quemado en tu jardín.

Es humanamente insoportable.

Esa tarde, desde mi casa observe a Don Miguelon sacar su arma y darle un tiro, fui testigo, quienes nunca supieron como nuestro perro murió, hoy lo saben, murió víctima de su propia vida de miseria.

Lo peor es que su victimario tuvo razón.

Comentarios