Los Muchachos de La Plaza

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-Enseñanzas de un fenómeno que no debe ser desvirtuado-.

Sergio Reyes II.

Sergio Reyes II

Tan correcta y oportuna, como lo fue la postura de Melimel y los muchachos de la Plaza de la Bandera, en cuanto a oponerse a que el vibrante y valiente movimiento cívico que encabezan no fuese adulterado ni manipulado con fines ajenos a la simple expresión popular de exigir a voz en cuello el derecho a la libertad y la vigencia de los preceptos democráticos que se encuentran, hoy más que nunca, en peligro de ser groseramente pisoteados, así de oportuna, mesurada e inteligente ha sido la decisión del liderazgo político de oposición, en cuanto a aplicar un cambio en la ruta original en que debía desarrollarse la denominada Marcha por la Democracia, pautada para ser desarrollada en el curso de este domingo 23 de febrero en pleno centro de la ciudad de Santo Domingo.

En efecto, ese inusual movimiento que comenzó con las ondulaciones inocentes de una banderita tricolor, de cara al viento y enfrentando las groseras manipulaciones del derecho del pueblo dominicano a un futuro más venturoso y que fue concitando el apoyo de más y más gente de todos los estratos sociales y generacionales, terminó convirtiéndose en una aleccionadora avalancha popular que ha puesto a temblar a las esferas del poder, desde el más encumbrado funcionario hasta los cimientos de una base política turulata, sin líderes de temple que les haga darse cuenta de los errores en que ha caído la entidad política fundada por quien una vez preconizó que había que anteponer ‘vergüenza contra dinero’, y que, a causa del clientelismo y el menosprecio a los principios políticos, ha devenido en convertirse en una compraventa de conciencias, a cambio de un bono-gas, una tarjeta de solidaridad, o los famosos quinientos pesitos, el pica pollo y el pote de ron, para darle sazón a la cosa!

Comenzó, como los grandes movimientos sociales a lo largo de la historia universal, en forma aislada, sin orquestación ni una meta definida. Apenas la exigencia vibrante, respaldada por jóvenes insuflados de valor y coraje que decidieron dar un paso al frente en defensa de la democracia conculcada por una manada de amañados funcionarios acoyuntados en la perversa finalidad de perpetuarse en las esferas de un poder que, de tan obsoleto y desfasado de la actualidad, ya huele a gerontocracia.

De dos en dos, de tres en tres, y de cien en mil, fue creciendo hasta alcanzar niveles en los que ya resulta difícil enfrentarles con ridículas acusaciones de ser un ‘movimiento Popi’, en componenda con representantes ‘wawa’ con aspiraciones de trascender y ‘sonar’, en medio de esta asonada cívica.

Aquellos que torpemente enfilaron sus cañones contra esta aleccionadora avalancha popular terminaron rindiéndose a sus pies y, hoy por hoy, no les ha quedado más remedio que sumarse al clamor popular, dejándose ver por los alrededores de La Plaza y expresando su simpatía por el movimiento, a través de las redes sociales.

Pero resulta ser -y aquí viene lo de las aleccionadoras enseñanzas del movimiento!- que los muchachos de La Plaza no son ‘chivitos jartos de jobo’ y no está dentro de sus planes dejarse utilizar por personas con fines particulares, politiqueros o divisionistas. Porque, de que los hay, los hay!

Y como prueba al canto tenemos el caso de un tal Don Miguelo, de dudosa catadura moral, quien se apersonó insuflado de su tradicional fantochería a los predios de la avenida 27 de Febrero con Gregorio Luperón, pretendiendo hacerse el gracioso y supuestamente para expresar sus simpatías con el movimiento y terminóo huyendo de allí con el rabo entre las patas, cuando las masas compactas de la juventud allí presente le expresaron el rechazo y desagrado por su altanera presencia.

Por encima de las bombas lacrimógenas -que nadie disparo ni autorizó!-, de los vituperios vertidos por funcionarios de pocos vuelos y ningún respeto entre la ciudadanía, más allá de los intentos por convertir la jornada en un evento de barricadas y de violentarían de las normas y las leyes, los muchachos (y los de más edad también!) continúan allí, impertérritos, ostentando su verdad, reclamando el derecho del pueblo a la vigencia plena de una democracia que bastante luto y dolor le ha costado al pueblo dominicano.

Con el apoyo de la intelectualidad militante, de las plumas independientes, de la clase artística que no ha caído en la vergüenza cloacal de las ‘bocinas’ del régimen, personalidades internacionales y un efecto dominó que, sin aparente orquestación, se ha venido gestando de manera paralela en todas las provincias del país y en cualquier lugar del mundo en donde los sentimientos patrios hagan latir el corazón de los dominicanos que por allí transitan, el movimiento de Los Muchachos de La Plaza ha devenido en convertirse en una avalancha popular que, más temprano que tarde ha de dar sus frutos positivos en beneficio de la nación dominicana.

Sin manipulación de la clase política partidaria, pero sin menospreciar el papel que esta juega y debe jugar en medio del proceso político que se avecina.

Un gran hombre, adalid de las luchas a favor de los desposeídos, dijo una vez que ‘hay que perseverar en lo que nos une y prescindir de lo que nos separa’ y en verdad que esa sentencia cae como anillo al dedo en la etapa crucial por la que atraviesa la Nación Dominicana.

Pongamos en primer lugar los intereses fundamentales de la nación dominicana. El respeto a los derechos populares, aferrados al clamor por la vigencia de la democracia y lo estipulado en la Constitución y las leyes. Cada cual debe hacerse sentir en su espacio, sin olvidar que, en este caso, existe un enemigo común que es hacia donde deben enfilarse los cañones de todo dominicano sensato que desee salir de la podredumbre moral y social en la que se nos ha arrinconado.

New York, febrero 23, 2020. 9:32 a.m.

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