Hugo Tolentino Dipp

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Fuente imagen Google: Hugo Tolentino Dipp

Julio Portillo

Quiso el destino que yo tuviera una segunda patria: la República Dominicana. Nada de ella me es extraño. El fallecimiento de ese gran dominicano, Hugo Tolentino Dipp, me convocó al teclado.

El 23 de mayo de 1991, en el Banco Central de Venezuela se reunieron todos los poderes de este país, para escuchar una Lección Magistral de un dominicano que venía a animarnos, con motivo de la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento y Evangelización de la América. Recibí el honor de presentar a un hombre con una hoja excepcional de servicios.

Abogado, Doctor en Derecho de la Universidad de Madrid, con post grados en la Sorbona de Paris en Estudios Internacionales y Derecho Público, Profesor e investigador en la Universidad de Londres sobre las Antillas del siglo XIX, lo que le valió el Premio Nacional de Historia de su país. Profesor de Historia y Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo donde se convirtió en 1974 en Rector de esa Alma Mater Primogénita del Nuevo Mundo.

Conferencista invitado en Universidades de Francia, México, Estados Unidos, España, Costa Rica, Puerto Rico, Inglaterra, Costa Rica y Venezuela. Presidente de la Cámara de Diputados y Vice-Presidente del Partido Revolucionario Dominicano. Ministro de Relaciones Exteriores, poeta, escritor de altos vuelos.

Con ese encuentro en Caracas, nació una amistad que no desvaneció el tiempo. Me ocurrió con esos acrisolados hombres, Joaquín Balaguer y Juan Bosch, que dejaron de pertenecer solo a la República Dominicana para engrosar a la galería de hombres notables de la América Latina.

En el prólogo que Hugo Tolentino hizo de mi libro Balcones de la Ciudad Primada escribió: “A mi memoria agradecida acudía a menudo el recuerdo de Julio Portillo, de su calurosa personalidad, sonrisa afable, inteligencia a flor de piel, decir de controlado preciosismo y acrisolada sapiencia que muy pronto se allegó la estima y el respeto de los dominicanos”.

Cuando fui designado Embajador, la República Dominicana en la contestación del beneplácito, me hizo batir un record en Venezuela, pues el gobierno dominicano respondió en tres horas la aceptación. Hube de encontrarme nuevamente con el Dr. Hugo Tolentino, ahora como Ministro de Relaciones Exteriores dominicano, en el gobierno del Presidente Hipólito Mejía.

A Hugo Tolentino no será fácil olvidarle. Encontró en la calma y sencillez de Santo Domingo placido refugio. Nos deja el recuerdo de la amenidad de su charla sutil, su palabra abundante enamorada de conceptos. Vivió entre libros y papales. Podríamos decir que por su trajinoso afán, sin descanso, ahora en el camposanto, está de vacaciones, desde el cielo verá cómo sigue su ideario, su impulso magnifico y fecundo.

En su libro de poemas Vocablos nos dice “Como nos vamos muriendo”: poco a poco, inexorablemente destinados desde el nacimiento. Ante su partida solo me queda decirle, que cuando yo vaya al otro mundo, lo buscaré y nos pondremos otra vez a conversar.

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