El poder y la cenicienta

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Por: Carlos Martínez Márquez

‘’Vota por aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione’’. Bernard Baruch

El político de estos tiempos no va de la mano con la política; la política al servicio del político está supeditada a los requerimientos de sus circunstancias. Todos están plenamente convencidos de que el tiempo (muchas veces), no le es suficientemente favorable, para que sus planes y conquistas personales sean beatificados, acorde al libro que llevan consigo, para accionar como ellos piensan.

El político no piensa en nada mas, solo en lo que el entienda, que es lo que va. Y así arrastra a sus sequitos para crear un clúster de ambiciones, en la que todos se alinean con el mero objetivo de aupar toda maquinaria que sirva para aplastar a las masas, para evitarles que tengan voz y votos en las tomas de decisiones que al propio pueblo no convenga. Hoy día, no se consulta a nadie más, excepto al priorato del establishment que incide en todo y en contra de toda voluntad popular.

Nietzsche sobre la voluntad de poder planteaba que ‘’(los seres humanos están procurando siempre infligir sus voluntades sobre otras; es decir, desean convencer a la gente de que ellos tienen verdades; que son más elegantes, que están correctos, que tienen gran influencia, que deben ser admirados, o que están aquí para salvar la humanidad. Sin embargo, cada acción hacia otro individuo proviene de un deseo profundo de traer a esa persona bajo su poder en una forma u otra. Así, el crecimiento, el instinto de conservación, la dominación y la movilidad ascendente en la escala social, son algunos de los elementos básicos de la voluntad que todo en el mundo se exhibe).

En cuanto a la superficialidad, planteaba además, que la idea de la voluntad del poder sugiere un principio crudo (la victoria del más fuerte). Pero podemos llegar a darnos cuenta que fundamentalmente es un principio psicológico del comportamiento humano: cada ser intenta ampliar su acción de influencia; ejemplo notorio en líderes espirituales, filósofos, policías, doctores, e incluso psicólogos: cada uno de ellos ejercitará alguna clase de poder sobre nosotros’’.

En política, siempre, se predica más que lo que se práctica, estos son los nuevos tiempos en lo que la predica… es una herramienta poderosa para envilecer a las masas, con el anestésico esencial del engaño como la demagogia; luego de lograr el objetivo, entonces viene la implementación de una agenda diametralmente opuesta a la que se ofrece en tiempos de campañas proselitistas.

La gente se siente timada y frustrada, porque en la práctica se observan muchas medidas que no van en consonancia con los intereses de la generalidad. En sociedades como las nuestras, en la que históricamente el paternalismo ha sido una constante, que es tedioso y abominable por demás, hace que los procesos de desarrollo se mantengan en una inercia, en la que solo se emprenden los que están en el librito de cada inquilino palaciego. En ciertos países de América latina, incluso como el nuestro, tenemos debilidades institucionales, en donde se empieza a poner en práctica, el uso de los recursos del estado, para destinarlos a los proyectos personales, con el objetivo de perpetuarse en el poder y preservarse con mira de alentar la impunidad, para que no mengue la corruptela y que la misma ha sido implacable con el despilfarro de recursos, que en lugar de destinarlos a sectores más necesitados, lo utilizan para manipular y retorcer voluntades, aprovechándose de las miseria que aflora a la superficie de la capa social. El poder para quien lo ostenta, es una pócima efectiva, que juega con la ignorancia de la clase determinante en época de elecciones, como lo es la clase proletaria, alerta a los números del loto, para sembrar esperanza por un mejor mañana. Eso siempre será un espejismo.

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