Casos y cosas del mundo

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Nos hemos ensañando contra la madre naturaleza. El precio a pagar es demasiado caro. Nos ha salido tornillos en el queso.

Por: Víctor M. Peralta

Continúa su agitado curso la peligrosa sequía que abate gran parte del territorio de la República Dominicana, y que se siente con mayor rigor en la Línea Noroeste, afectando, con la merma, a su mínima expresión, la producción lechera y cárnica, y la secuela de miles de reses muertas, y todo lo relacionado con la agropecuaria, la apicultura, la producción avícola, y lo que es peor, la escasez del preciado líquido en los hogares de la gran mayoría de la población.

Muchos se lo achacan al cambio climático, al fenómeno del Niño o la Niña, pero también a la dejadez de las autoridades, que no han sabido o no han tenido el valor de parar de raíz el cercenamiento insaciable del paraíso boscoso que nos proveyó Dios para nuestro beneficio, y para el mantenimiento de la fauna y la flora que tantos beneficios nos aporta para la estabilidad del medio ambiente.

Es de todo conocido del daño que representa para el medio ambiente la tala de nuestros bosques. Tumbar un árbol es un crimen que debiera ser castigado con cárcel o multas en efectivo para la persona que lo provoque. Es un grito hasta el hartazgo, de instituciones y ciudadanos solicitando a las autoridades la custodia y preservación de las aéreas boscosas. Que se prohíban los aserraderos, de una vez y por todas, que tanto daño le han infringido a todo el sistema ecológico del país. Que se descontinúen los permisos para operar los famosos “plan de manejo”, que muchos lo utilizan de trampolín para ir más allá de los espacios y cantidad de árboles asignados.

No existe un régimen de consecuencias, en lo tocante a lo que manda la ley, sobre todo lo relacionado a la salvajada recurrente de atentar en contra de la diversidad boscosa que protege y sirve de sombrilla a las fuentes acuíferas, los manantiales y venas preñadas del agua potable que consumimos, y para otros usos, también para mantener en pie los árboles que existen en los parques de recreación familiar y el entorno donde vivimos, de donde emana el aire oxigenado que precisamos para mantenernos vivos, y de la fascinante sombra, de tanto provecho para nuestro sosiego físico, que nos protege del ardiente sol, que en el caso de la Línea Noroeste, se registra y se siente en su máxima expresión.

En el campo donde tuve la dicha de nacer, y pasar los primeros 20 años de mi vida, El Limón de Mata del Jobo, teníamos cañadas y arroyuelos de apenas tres, cuatro y cinco kilómetros de longitud, Que no dejaban de correr, serpenteando como niña quinceañera enamorada de la vida; rebosante de alegría y de sueños. Desde lo alto de una mata de mango divisábamos el lugar de su nacimiento y donde terminaba su curso. Pero también nuestro campo estaba surcado de caminitos llenos de agua por donde íbamos de un lugar a otro, fuentes naturales que no se secaban nunca. En los cauces de esas viejas cañadas y arroyuelos de nuestra primera juventud, hoy solo hay piedras. Ni arenas quedan en esos nacimientos acuíferos hacedoras de vida.

Los humedales impenetrables que por cientos de años coexistían de manera perfecta con los asientos humanos, y que mantuvieron sanos y salvos los estuarios y orígenes acuíferos, en la totalidad de los campos de la provincia Santiago Rodríguez, es cosa de tiempo ya ido, un pasado alegre y sensible, empalagado de felicidad, que, dado el daño provocado a todo ese benévolo regalo de la naturaleza, se torna ilusorio pensar que lo volveremos a disfrutar. Si comenzáramos desde ahora a resarcir todo el daño provocado, tal vez de aquí a 50 años pudiéramos empezar a ver los frutos de esa toma de conciencia.

Cuarenta años atrás las escuelas eran escasas, había sequía de datos científicos que nos pudieran alertar del peligro que representaba para la vida humana atentar contra la naturaleza, provocar enemistad con el entorno. Pero el instinto de conservación nos pedía que tuviésemos un mayor respeto por las cosas que mantenían saludable nuestro habitad; nuestros campos, lomas y llanuras. Sin andarlo buscando nos habíamos topamos con el libro sagrado del sostén de la vida, una vida saludable y en abundancia, que nos decía, en cada lección: que agua y bosques eran sinónimo de hermandad divina, instituida por Dios para beneficiar a su más perfecta creación; el hombre y la mujer, también la fauna y la flora. Pero nos hemos ensañando contra la madre naturaleza. Y el precio a pagar es demasiado caro. Nos ha salido tornillos en el queso.

El autor:   Escritor y comunicador.

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