El placer de la vejez

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Ser mujer anciana, viúda del tercer mundo no es lo mismo que estar en un asilo del primer mundo. En conversas con mujeres mayores de ochenta y mas años, (excepto una de cincuenta y otra de 60) prima esa percepción dolorosa de invisibilidad, del ser inútil, porque ‘’ya nadie nos toma en cuenta ni escuchan y dejan hacer nada y traen la comida que les agradezco como la silla de ruedas, pero, no escuchan y en estas reuniones de fin de año se sienten obligados’’

Las cábalas para recibir el año son tan personales y casi soportes afectivos- una foto amarilla, una flor seca, un envoltorio de chocolate, un peluche…- recuerdan las doce uvas, la maleta, pantaleta amarilla…En estos tres años de pandemia, las brechas en todos los niveles nos disociaron y las relaciones interpersonales e intrasubjetiva fueron dañadas. Las familias se encerraron y abandonaron a las parejas ancianas, a sus citas regulares por temor al contagio, y los pacientes con enfermadedades crónicas -cuentan supervivientes- que perdieron sus parejas porque no se les controló las secuelas del derrame cerebral, diabetes, tensión arterial, epilepsia, parkinson, alzheimer…  las de residencias geriátricas quedaron al resguardo del equipo de sanidad y los de la calle se extinguieron.

En esta cultura hedonista se rinde culto a la juventud, sinónimo de belleza, salud, bienestar y a la vejez se le identifica con la enfermedad, deterioro y desprecia porque son improductivos. Les tratan con un fastidio mortal e indiferencia y como les cuesta entender que son seres  humanos, con conciencia lúcida – esta generación boba de multitareas e hiperkinética, de veloz respuesta les entra el miedo primario para pensar en torno a la desconocida vejez-

La cultura preventiva para tratar y cuidar a los adultos y adultas mayores no existe y si se decreta no se educa y el colmo es no aceptar la autonomía y placer en la vejez, se le controla bajo el modelo médico occidental, con la cura pragmática de pildoritas mágicas que eliminan el dolor y entonces ¿qué pasa con el aumento de adultas mayores de sesenta en perfecta actividad física, mental y espiritual, mientras decrece la natalidad?

Claro que existe una brecha generacional con los hijos e hijas, pero, se salvan algunas abuelas y abuelos con el placer de escuchar o aprender con los nenes que carecen de miedo y escuchan al gozar en complicidad amorosa y que terrible,  cuando algunos desalmados no les  permiten cercanía, contacto,  porque ‘’apestan los viejos’’, ya sea por sus creencias, conducta liberal -actúan como piensan- ‘’no es obligatorio participar en el cuido de los nietos y menos entregar mis reales’’, pero, las que tienen ’’suerte’’ viven con su familia en un cuato sola, viendo tv y se creen el cuento que están enfermas, no sirven para nada y son mujeres tan capacitadas, que se mueren de fastidio, se niegan a comer y caen en depresión.

Vamos a declarar un manifiesto del buen vivir amoroso: Reconocer que haber superado los ochenta y noventa las inmortaliza, al vencer día a día la parca. La vejez no es una enfermedad es el vicio al vivir con gozo. Aceptar las décadas practicando lo que les gusta y derecho a la independencia económica. Los años no son equivalentes con perder la fuerza física, nivel cognitivo.  Es el disfrute de la sensualidad y erotismo, de la intimidad en pareja o consigo misma.  Ser independiente y aceptar que a cualquier edad se puede morir.   Escritora Rosa Anca.

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