Cuento: Péndulo de su agonía

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Por Bayardo Quinto Núñez

En una tarde lloviznosa y repleta de presagios, Carmen  expresaba a su amiga Bemilda: podría ser amable y decirte que lamento molestarte de nuevo con mis ataques de ansiedad, de remordimiento y de rencor a mí mismo, entre nosotras, las cortesías carecen de sentido.

-Me has dicho un millón veces que el tiempo ha seguido su indetenible curso, que nadie se acuerda de ese incidente, ni de la desafortunada Victoria, mientras yo sigo atrapada en su recuerdo, pero esta vez no puedo imitarte, no existe un botón en mi cabeza que pueda pulsar y borrar la tarde de mayo, en la que me condenaste a este pecado de futuro, desperdiciado a esta vida que, no es vida, y que mal hago en llamar así. Tienes razón-le replicó Bemilda-.

-Los años que, debió ser una feliz infancia, invaden mis sueños con más frecuencia, trato de encontrar en estas misivas alguna paz, empiezo a creer que, es bueno para mi salud, ahora que tengo más edad que antes, incluso, es irrisorio este absurdo ejercicio de memorias oscuras-contestó Carmen-.

-Mi querida amiga, me siento con derecho a perturbarte, pues en definitiva has sido tú más responsable que yo, en toda esta triste historia, además me importa poco, que no atiendas, lo que te digo, hace tiempo que, deje de soñar con tu redención, por la fuerza de la costumbre, que por cualquier otro motivo, me importa poco si ya olvidaste, como hiciste con Victoria, sé que eres muy buena para eso, como lo eres para engañar, destruir y manipular, que pelaba los ojos como condenada, estás disgustada, pero contenta porque te estás encontrando asimisma, lo cual es perfecto para la reconstrucción de tu alma-inquirió Bemilda-.

-No preciso recordar  cómo llegamos a ese lugar. Mi memoria es caprichosa, ¿por qué otros detalles puedo verlos en mi mente como si fuese una película en cámara lenta? Nos había invitado a pasear contigo Bemilda, y con Victoria sólo rememoro que, conversábamos largamente, pero no recuerdo nada de nada, todo se me ha borrado de la mente por instantes-le exteriorizar Carmen-.

-Pero, si en los pasillos de mi mente rememoro que, Victoria y yo te seguimos por largo rato, conversando sobre trivialidades, esa serie de cosas, en las que sólo los niños pueden tener interés en hablar, en la conversación llegamos, por fin a un sitio que, no habíamos descubierto nunca, era algo netamente desconocido. Recuerdo que Victoria me dijo: “Te dije que no tenía permiso de estar allí, pues cuando le conté a mi mamá de aquel lugar, me prohibió ir y me advirtió del peligro en aquella zona, por supuesto que no me fui, aunque debí haberlo hecho. Sin embargo, mi memoria  recuerda que nos sentamos los “tres” a la orilla de aquello que bautizamos “El pozo misterioso del  lago”, era una especie de pozo engañosamente profundo-respondió Bemilda-.

-El Reverdecer del ambiente hacía del día fuese perfecto, el cielo completamente despejado, invitaba a sonreír y el excesivo predominio del ambiente trasmitía vitalidad, definitivamente no había indicios de tragedia ni de muerte, lo único mortecino, de ese lugar era aquella agua pasiva superficialmente pero internamente era mortal. Si tengo presente aquel grito de sorpresa, de terror de Victoria-comentaba Carmen-

-Fue, como una puñalada, en mi estómago, a veces me despierta ese mismo grito en las noches, y siento como laten mis tímpanos, mi primer pensamiento coherente  en ese instante dilucidar que, Victoria sabía nadar, que era una broma cruel de su parte, pero lo que hacía era dar manotazos al agua tratando de mantenerse a flote, era un intento inútil porque “El lago” parecía querer tragársela, yo observaba esperando que me dijeras que hacer, en tanto que, Victoria luchaba por mantener la cabeza fuera del agua, pero irremediablemente se hundió-ripostó Bemilda-.

-Teníamos que sacarla, pero no me respondiste, pasaron los minutos, el tiempo, Victoria, quien luchaba por su vida, desesperada por respirar y luego debe haber caído en la dulce paz de la inconsciencia, producida por la falta de oxígeno en el cuerpo, su estómago se habrá llenado de agua y luego debe haber comenzado a respirar líquido, inundando sus pulmones, siendo la muerte el fin de su innecesaria agonía-te dije, le señaló Carmen a Bemilda-.

-Sólo la muñeca se salvó-le amonesta Bemilda-.

-Hasta que de pronto, con una sonrisa irónica, lanzaste al lago la muñeca, pero esta no se hundió-inquirió Carmen  a su amiga Bemilda-.

Las amigas, para el resto de sus días, comentaban lo triste de la muerte de Victoria, como el lago se la tragó injustamente y solamente su muñeca se salvó. Así es de inesperada la vida y la muerte. No se sabe, cuando viene por la mala fe o por obra consuetudinaria, de la vida.

Acerca del autor de esta obra letrística:

Bayardo Quinto Núñez Abogado y Notario Público. Escritor, Pintor y Músico.
Correo: tac_tictac@yahoo.com

 

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