Mi madre y el militar que no pudo disparar el arma

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Fabio Mendoza Obando

El reloj  marca las cuatro de la tarde, hace  frío después de un día caluroso. Es el mes de mayo, el invierno anuncia que está a las puertas y el verano parece que se despide. Todo es oscuro y da una sensación  de miedo, el viento de pronto arremete  furioso entrando por las ventanas de la casa, es como si algún  hecho se anuncia y nadie lo sabe, hay presentimientos escondidos que no queda tiempo para descifrarlos. Son  años de guerra que padece   mi Patria, cualquier cosa puede pasar, para eso ya estamos preparados.

Todo se quedó en silencio, el  viento sigue  haciendo   ruido pero esta vez entre las ramas de los frondosos árboles. Algo va a ocurrir en cualquier momento, pero no lo sabemos. Nos quedamos estáticos, en silencio inmaculado, sentados en el corredor al costado norte de la casa. Ella lo presiente  y no  dice cuál es su presentimiento porque no lo sabe también, ella sabe que algo está por ocurrir y a nadie  le dice su preocupación. Camina de un lado a otro, se asoma por las ventanas, extiende la mirada a la distancia, sale y entra por la puerta principal, no dice una sola palabra, de vez en cuando levanta la mirada hacia el cielo como implorando protección a Dios.

Nadie opina ni comenta nada. La sabiduría de ella  es admirable, con la mirada basta para decir muchas cosas, de corazón noble y  firme,  no  decae su ánimo  por nada, nunca demuestra debilidad, es fuerte y vigorosa y lo ha sido siempre, de un actuar determinante y sin titubear. La noche se acerca poco a poco, las aves nocturnas empiezan a cantar, son minutos tensos, de zozobra y miedo.  Las manecías del reloj se escuchan muy bien en medio de tanto silencio. El temple de su carácter es fuerte en los momentos difíciles y de acción y cuando le toca  defenderse.

La finca está rodeada por más de cien militares. Diez de ellos fuertemente armados  se acercan en posesión de combate listos para disparar, con un solo objetivo: terminar con una familia. Apuntan con  las criminales armas a la puerta donde estamos todos con la mirada hacia el piso de madera. Es un batallón del ejército que pretende atacar a una familia campesina y trabajadora. Y aquel furioso militar se dirige hacia donde se encuentra  Papá Ricardo Mendoza Duarte (QEPD) sentado, sin decir una palabra, eso sí sin mostrar nada de miedo. El militar le ordena que se coloque  de pie para dispararle, papá lo hizo valientemente.

Tiernamente pasa la mirada hacia donde estamos  todos sus hijos, de un lado hacia otro como despidiéndose, sus ojos son como de luz,  en ese momento, brillantes y vibrantes, algunas de mis hermanas lloran en silencio y mis hermanos pequeños no entienden  nada. El arma está lista con el dedo en el gatillo para  disparar. Fue entonces que vi actuando a ella, a esa mujer con agallas, mi madre Yolanda Obando de Mendoza, se paró frente al arma que apuntaba a papá, la tomó con las dos manos y con fuerza la hizo apuntar hacia el techo de zinc justo cuando el verdugo dispararía, se enfrentó al militar, le dijo que si le iban a disparar a papá que lo hicieran con toda la familia también.

El militar que también es el jefe de los más de cien hombres que  tomaron  la finca por asalto, no pudo con la valentía de mi madre, con el coraje de una mujer que estaba decidida a todo por defender a su familia. Un forcejeo épico entre una mujer campesina y un militar entrenado en la Cuba comunista, no disparó, estuvo a segundos de hacerlo, si mi madre no hubiera levantado el arma otra sería la historia. No le quedó de otra que bajar el arma y bajar la superioridad que le daba el ser militar y asesinar personas inocentes.

Fue esa vez que me di cuenta que nunca habíamos vivido en  libertad, estábamos sometidos bajo un dominio que lo controla todo. Me prometí que cuando fuera grande lucharía incansablemente por la libertad de mi Patria Nicaragua. Me pregunté ¿por qué teníamos que ser perseguidos solo por el hecho de no comulgar con la ideología del régimen de turno? Empecé a darme cuenta que estábamos atados, subordinados a los mandatos de un dictador, y eso me parecía una acción descabellada en inhumana. Nicaragua es de los nicaragüenses.

El autor es poeta y escritor Nicaragüense

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