La historia de un General

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Por Becker Márquez Bautista

El general Miguel F. Rodríguez Reyes, traicionado y asesinado el 28 de diciembre de 1962 en la masacre de Palma Sola, fue uno de los militares de mayor influencia a lo interno de las Fuerzas Armadas. Su rectitud y lealtad inconfundibles lo hicieron acreedor del respeto y la admiración a todos los niveles en los institutos castrenses.

Rafael Leónidas Trujillo Molina, su mentor y guía, además de cariño y afecto, le profesaba especial deferencia. Los planteamientos y sugerencias del militar significaban palabras de Dios para el dictador.

En una ocasión, según relata el exgeneral Renato Hungría Morel, en pleno apogeo del régimen trujillista, Rodríguez Reyes llegó al Palacio Nacional profundamente preocupado porque Ramfis quería imponerle un oficial de menor jerarquía para que pasara revista a las tropas de la base de Sans Soucí, a lo que el alto militar se negó. Sabiendo a lo que se exponía, acudió a la Presidencia, con una carta de renuncia que deseaba entregar a Trujillo.

Ya en el despacho del Jefe, éste llamó a Ramfis por teléfono y le dijo: Mira Ramfis, carajo, yo te he dicho mil veces que no te metas con mis oficiales viejos. Y te lo repito no te metas con mis oficiales viejos

La firmeza de Rodríguez Reyes la destaca el expresidente Bosch en su libro Crisis de la democracia dominicana, cuando revela que el oficial fue el primer jerarca militar contactado en el año 1958 por la Agencia Central del de Inteligencia (CIA) para encabezar un complot para matar a Trujillo. Yo rechazo cualquier acción contra mi jefe, respondió. Siempre mantuvo el secreto.

En octubre de 1962, y luego de superar la purga militar antitrujillista que impulsaban el Consejo de Estado y la alta dirigencia de la Unión Cívica Nacional, Rodríguez Reyes fue designado inspector general de las Fuerzas Armadas, en sustitución de Hungría Morel, quien a su vez lo había sustituido en el mismo cargo 8 meses atrás.

Mientras los cívicos presionaban al gobierno para que continuara la purga de militares adictos al trujillismo, un dirigente de UCN lo visitó en su cuartel en la ciudad de Hato Mayor, a proponerle que se diera un golpe de Estado para impedir lo que a su criterio era un triunfo inminente de Bosch.

El general rechazó la nueva propuesta subversiva y divulgó la trama al candidato perredeísta.

Dentro de la difícil y peligrosa misión que se le había confiado el agente secreto y representante local de la CIA, Lear B. Reed, amplió su radio de amistad entre diferentes sectores sociales, centrando siempre sus actividades en el reclutamiento de conspiradores contra el régimen.

Reed sostenía que en el complot debía estar comprometido un militar de alta jerarquía, con incidencia en las Fuerzas Armadas, para que a la muerte de Trujillo no se produjera un vacío de poder.

Reed y un grupo de amigos se acercaron de nuevo a Rodríguez Reyes con una sugerencia cuidadosamente disfrazada de que se hiciera cargo del gobierno, y el militar, muy enojado, les hizo esta advertencia: Yo soy un hombre de Trujillo. Fui formado por Trujillo. No sé lo que ustedes tienen en la cabeza, pero tengan cuidado los podrían colgar.

El alto militar, quien llegó a ocupar la jefatura del Cuerpo de Ayudantes Militares de Trujillo, por su trayectoria, fue un estricto cumplidor de la ley orgánica de las FF.AA. y de las reglas internas de la institución.

Esta invariable posición lo colocó de frente con quienes deseaban ingresar a la milicia por la parte de arriba, en violación a todas las disposiciones militares, solo en busca de una seguridad que no podía tener en ningún otro lugar. Eran momentos de temores múltiples, sobre todo a los militares trujillistas.

Rodríguez Reyes era controlado de cerca por los asesores militares del MAAG, que es lo mismo decir, por la embajada norteamericana, al punto que el embajador J.B. Martin confesó que había pensado en él para eventuales cambios en los mandos militares.

El militar de tendencia trujillista era una ficha clave y difícil en esos momentos de tanta confusión. Tras su muerte, el propio licenciado Rafael F. Bonelly, presidente del Consejo de Estado, dijo al embajador norteamericano: Rodríguez era uno de los mejores.

La verticalidad y la firmeza de Rodríguez Reyes, su lealtad a sus superiores y a las instituciones castrenses quedaron truncadas el 28 de diciembre de 1962, en la sección Palma Sola, de San Juan de la Maguana por una tradición que hasta el día de hoy no está aclarada.

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