Cuando las apariencias engañan

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Por Fabio Mendoza Obando

El  ser humano  juzga de inmediato, al instante, a primera vista  a las  personas de su entorno, no importando el lugar, no se da ni un ápice de tregua cuando ya se hizo el argumento y lo tiró a los cuatro vientos para que otros con oídos  finos le escuchen y se sumen también como buenos receptores para continuar la cadena, y todo se hace más grande y con elementos añadidos de  boca en boca. Así vivimos  en nuestra sociedad.

Recientemente fui  a cortarme el pelo donde  Hazel García a quien yo llamo la mejor del mundo y hace tiempo que asisto a su salón, es  ella que con suma maestría sabe hacerme el corte  tal a como a mí me gusta. Me dio la cita a las siete de la noche y  después de salir del trabajo me fui sin demora. Fui el último, ya no había nadie más en el salón, ella me esperaba a la hora acordada y yo llegué puntual, porque en mi caso la puntualidad viene siendo un valor sagrado que practico desde que mis padres me lo inculcaron.

La sesión con Hazel duró cuarenta y cinco minutos, mientras ejerce con mucho profesionalismo el arte de cortar pelo, hablamos de todo, porque valga decir que ambos somos paisanos. Siempre tenemos un tema de que hablar, y justo salió a relucir el de las apariencias, las personas que juzgan sin reflexionar y las consecuencias que se le puede ocasionar a alguien por decir cosas que no son. El apresurarse a hacer un comentario a un ser humano sin haberlo conocido es uno de los actos más viles que alguien puede cometer.

Después de aquella amena platica con Hazel, me despedí y salí rápido a la parada de buses que está ubicada  a dos cuadras. Al llegar había  diez personas haciendo fila listas para abordar el bus, no esperamos mucho tiempo, en cuestión de ocho minutos la unidad de transporte que me llevaría a donde habito estaba llegando. Uno a uno fueron saliendo  los pasajeros que llegaban a  San José centro y así mismo en admirable orden fuimos entrando los que esperábamos.

Mientras esperaba que el bus saliera y nos llevara el destino final, coloqué los auriculares al celular y escuché un poco de música. Como a los cinco minutos de estar  esperando, a mi lado se sentó una joven de unos 30 años de edad, piel blanca, ojos negros, cuerpo esbelto y pelo color castaño corto. De un inicio  tuve la sensación que me miraba con insistencia, de vez en cuando me daba cuenta porque disimulando, voltee  la mirada y confirmé que sí, me observaba con ojos tiernos y tristes.

Entre el intercambio de miradas el bus arrancó. En un momento al darme cuenta que la joven me veía con tanta insistencia, supuse  que algo diferente Hazel me había hecho en el pelo, pero no fue así. El viaje siguió normal, fue hasta que cuando el bus paró para que otros pasajeros lo abordaran, mientras el chofer hacía los cambios para detenerse en la parada, se apagó, entonces ella me dijo: hasta aquí llegamos, a lo que yo le confirmé que parecía que sí y eso fue la apertura de la conversación.

Fue entonces que la voltee a ver y observé como dos gotas de lágrimas se deslizaban lentamente por sus rosadas mejillas. Le pregunté un tanto preocupado si qué le pasaba, me dijo que si le podía contestar una pregunta, mi respuesta fui que sí. Me pidió que la viera muy bien de pie a cabeza y le dijera que pensaba de ella. Hice lo indicado y le contesté: veo a una mujer inteligente, con mucha empatía, agradable, educada y me parece   sin conocerte que eres una buena persona.

Me contó que un pasajero en la fila le solicitó que le diera la hora, ella por temor a sacar el celular en público le dijo que cuando entraran al bus lo haría. El pasajero se molestó tanto  que en todo suave descargó sobre ella palabras obscenas y vulgares que el resto de los pasajeros no escuchamos. Me contó que hacía pocas semanas se estaba recuperando de un cáncer y por  efecto de la quimioterapia su cabello estaba corto.

El pasajero   la ofendía repetidamente  que era una maldita lesbiana al verle su pelo corto, ella sólo calló y en silencio estaba adolorida. Ella quería que alguien la escuchara. Nos bajamos en la misma parada y al darle prioridad para que bajara primero del bus, me agradeció y con una sonrisa que muy poco se ve en el rostro de una persona, se despidió. El respeto a las personas según su condición es la esencia para tener una mejor sociedad.   No se debe juzgar a nadie sino se  conoce.

El autor es poeta y escritor nicaragüense

 

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