Un cadáver exquisito

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Milagro Portillo

En el camino profesional han sido varias las consultorías realizadas en distintos temas a diversas empresas, sin embargo, quisiera un ramo que aún no he tenido la fortuna de escrudiñar: el de las empresas fúnebres.

Aquí les dejamos el segundo artículo grupal, en esta ocasión Magda Molina presentó el tema, porque justamente trabajó en una funeraria de la ciudad de Maracaibo, Venezuela. José Luis Angarita además de su intervención en la redacción aportó el título y Milexa Villegas inició con un diálogo virtual.

Milagro: Magda, nunca nos has contado detalles sobre el tiempo durante el cual administraste una funeraria. Siempre he tenido mucha curiosidad.

Bauer: ¿Tan temprano van a comenzar con historias fúnebres? Ya tuve suficiente con el noticiero de la mañana. Voy saliendo al trabajo. Los leeré en el almuerzo.

Magda: ¡Hola a todos! 😊 ¿Qué quieres que te cuente, Milagro? Tengo muchas anécdotas, pero no me pertenecen, son de los difuntos que tienen, tuvieron y tendrán siempre dignidad, así como de sus deudos, verdaderos herederos de esas historias.

Milagro: Me gustaría saber cómo es eso de estar todos los días ante situaciones tan apremiantes y penosas como las de preparar unas exequias.

Magda: La verdad es que en ocasiones me sentía como un bicho raro, porque los seres humanos somos por naturaleza tanatológicos o consideramos tabú los temas relacionados con la muerte. Sin embargo, esa responsabilidad me permitió conocer diferentes formas de afrontar la muerte de ancianos, adultos, jóvenes y niños. Pude ver cómo la vivimos desde nuestra cultura cristiana, hasta la riqueza simbólica de un funeral oriental o las ceremonias de los indígenas wayuu.

Rosario: Bonito tema el de hoy. Yo no voy a funerales de nadie, así que solo sé que no sé nada. Voy al mercado.

José Luis: Si supieran que siempre he querido escribir una obra de teatro que ocurra en una capilla velatoria con lloronas, consomés, café, chistes y ron.

Magda: Puedes escribir no una, sino decenas de obras, porque son muchas las emociones, claro, uno aprende a poner distancia. Recuerdo haber visto la sed de venganza de los familiares de quienes murieron de manera violenta; la tristeza y la desesperación de los que debían sepultar rápidamente a su familiar por su condición física; o la soledad total de un difunto extranjero, sin parientes en el país, rodeado solo de compañeros de trabajo, al que luego de 12 horas de velación, lo sepultaron, sin saber que repatriar el cuerpo disecado ocurriría tres meses después

Esperanza: Hola, chicos. Interesante tema. Aporto que hoy se transmite en vivo la misa por Instagram y los deudos reciben condolencias a través de videollamadas o audios. No faltan las selfies con rostros compungidos y uno no sabe qué es propio o impropio. Reina la perplejidad.

Magda: La partida de mi madre al cielo, en plena pandemia, tuvo un acompañamiento virtual. El acto de velación se realizó en nuestra casa, más confortable y calurosa que las gélidas salas de una casa velatoria. Estuvimos presentes los pocos familiares que aún estamos en el país, pero gracias a la realidad virtual, nos acompañó una gran cantidad de familiares, amigos y conocidos que están hoy diseminados por el mundo.

Bauer: Bueno, bueno… Me van cambiando el temita. Ya es hora de almuerzo y vamos con música. Ahí les pongo la canción de Mecano… “Y los muertos aquí la pasamos muy bien, entre flores, de colores…”

No es extraño que la muerte nos haga pensar sobre la vida y que nos haga dirigir la mirada sobre el tiempo que nos puede quedar en ella.

Cuando se nos aproxima, a través de familiares o amigos, tenemos conciencia de su cercanía y de nuestra vulnerabilidad. Cuando sobrevivimos a enfermedades o a algún tipo de accidente, tenemos mayor conciencia aun de la fragilidad que somos.

El caso es que, desde la presencia de la pandemia, pensamos que la muerte ronda nuestras proximidades con insistencia. Con frecuencia y, sin estar enfermos, mantenemos una verdadera lucha entre Eros y Tánatos, entre la esperanza y la entrega al destino. Estamos convencidos de que la muerte ocurre en estos tiempos más frecuentemente, pero no creo que podamos saberlo a cabalidad.

El impulso de vida es mayor. La vida ocurre todos los días, a cada hora, a cada instante, cuando tenemos conciencia de nosotros y de nuestro quehacer.  Cuando nos levantamos de las caídas, cuando sobrevivimos a las pérdidas, e incluso cuando, desalentados esperamos a que llegue la parca, a que se corte ese invisible hilo que nos une a la vida, seguimos pensando en la eternidad y solemos vernos en ella.

¿La pandemia trajo más muertes? ¿Nos hizo estar conscientes de las muertes ajenas? ¿Se concentraron más muertes en menos tiempo? De verdad no lo sabemos.

Lo que sí creemos es que nos despertamos, respiramos y levantamos cada día, celebrando la vida sin pensar mucho cuando nos toque el turno al bate, como dicen en el beisbol.

Y hasta en la muerte hoy en día intervienen las redes sociales, ni el muerto, ni sus deudores escapan de ellas. Son el medio para hacer llegar las condolencias.

 

Milagro Portillo y los arriba mencionados.

 

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