Libélulas Cornudas

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Por María Beatriz Muñoz Ruiz

 La diferencia entre los humanos y los animales, en ocasiones, es una línea muy delgada, tan delgada que puede llegar a darnos qué pensar.

Hace unos días, en mi afán de seguir salvando a los pobres animalitos que se ahogan en la piscina, saqué del agua a una libélula entre roja y naranja muy bonita, pero, por desgracia, ya fue demasiado tarde para ella, no sobrevivió a pesar de soplarle para que se secara, me faltó hacerle los primeros auxilios. Cuando ya no se pudo hacer nada por ella, desistí y la miré con decepción, pero una vez que mi atención dejó de centrarse en aquella libélula, me percaté de la existencia de otra libélula idéntica que se hallaba a dos metros de nosotros mirando hacia el agua. No sé si me vio sacarla o aún la buscaba, pero estuvo un buen rato en el borde de la piscina mirando hacia dentro, así que me sentí aún más apenada por aquella compañera o pareja, que se había quedado sola.

Al día siguiente, aquel suceso había pasado a ese lugar del cerebro en el que almacenamos todo lo que no ocupa una prioridad, por lo que me bañé feliz sin recordar a la pequeña libélula cuya compañera no pude salvar. Pero algo trajo a mi memoria de nuevo lo sucedido el día anterior, la compañera esperaba en el borde de la piscina mirando al interior de esta.

Sentí lastima por ella, buscaba a alguien que ya no volvería jamás a su lado, pero eso no se le puede explicar a una libélula.

Al día siguiente sucedió lo mismo, así durante tres días alrededor de la misma hora, la libélula buscaba a su compañera en el mismo lugar donde había desaparecido. Al cuarto día, ya no tenía otra cosa en mi mente que el esperar a la hermosa y apenada libélula que deseaba no llegara y dejará de sufrir. Pero mi sorpresa fue aún mayor cuando en vez de llegar una libélula llegaron dos. Ambas jugaban, volaban alrededor de la piscina imitando un remolino y se posaban una junto a la otra. No pude evitar sentirme traicionada por esa libélula que había sustituido con facilidad a su compañera. Eso en mis novelas no pasa, es cierto que tampoco iba a llorarla eternamente, pero por lo menos podría haber esperado unos días más o haber ido a otro sitio. Pensé… ¡Debería darle vergüenza, buscarse pareja nueva en menos de cuatro días, traerla al mismo sitio donde traía a la otra y encima cortejarla delante mía!

Pero conforme terminó de cruzar esa indignación mi mente, comencé a reír y pensé… Algunas personas actúan igual que ella y las que no lo hacen sufren demasiado. Yo sería de las que sufrirían demasiado, de las que miraría al agua con la esperanza de que mi compañero volviera. No es la opción más inteligente, no es la más sensata, ni las más acertada, pero sería la que me dictaría mi corazón. Antes de irse se separó de su compañera y pareció mirarme intentando que la entendiera. Observé que en el otro extremo de la piscina se encontraba la nueva pareja esperándola. Parecía decirme – la vida es así, sigo echando de menos a mi compañera, pero ella no está y yo tengo que seguir adelante. Cuando me acerqué a ella a menos de un metro, salió volando, se fueron juntas y no la he vuelto a ver. Parecía querer cerrar ese capítulo, pero no deseaba irse sin dar una explicación a la persona que intentó salvar a su querida compañera.

Ahora es cuando os digo que el juzgar a los demás está mal, pero también es ahora cuando he de callarme y dejar los consejos a otro, ya que he sido la primera que ha criminalizado y condenado a la libélula por seguir adelante y no anclarse en el pasado.

Lo siento, me sentí como la pobre libélula muerta y me vi en el derecho erróneo de defenderla, pero si lo pienso detenidamente, tal vez la libélula muerta hubiera hecho lo mismo.

Moraleja: no salves a libélulas cornudas, y si acude otra a buscarla, acaba con ella antes de que te arrepientas cuando la veas feliz con otra.

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