¡Reclamos sociales, y falsas estatales!

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Son esas de las cosas que más se oyen en Dominicana.  Por tanto, “el país de las quejas, y los ofrecimientos demagógicos oficiales”, es como bien podría denominarse esta nación; pues, son esos de los decires que no cesan aquí, ni tampoco cansan.

Por doquier se escuchan tales en este país, y reciben hasta ecos a nivel de la radio y la televisión local; a veces, de parte de comunicadores independientes, que contribuyen a compartir las justas demandas que eleva la gente; y otros, corporativos, por supuesto, que, aunque hacen tímidas menciones de los reales problemas planteados, también tratan de justificar la falta de atención estatal.

Cuántas necesidades insatisfechas, competencia del Estado nacional, tiene esta sociedad, in crescendo cada vez. Y, eso viene de lejos, por lo que no es cuestión solamente del actual gobierno. Este lo que está haciendo es continuando con lo mismo.

La excusa de siempre para no cumplir, es la tan cacareada falta de liquidez presupuestaria que tanto se alega. No obstante, una gran parte de los pocos ingresos disponibles, sí puede destinarse a favorecer determinados sectores privilegiados dentro del “solar”, que no siempre lo necesitan, y que tampoco aportan nada significativo al país, en términos de progreso y desarrollo.

Dentro de esos están, verbigracia, todos los cuartos que se entregan a los partidos y ventorrillos políticos; a dizque artistas en crisis económica; y, a líderes sindicales que hacen coro a las ejecutorias desaprensivas oficiales. ¡Jugosas pensiones se asignan a estos últimos!

Pero, además, se procede a subvencionar, quitándole recursos financieros al presupuesto público de la nación, a parte del empresariado local, a través de significativas exenciones impositivas; como, a conceder cuestionables gratificaciones diversas a otros grupos, de esas que se otorgan; con objetivos politiqueros, y nada más.

Y, mientras todo eso ocurre, este pueblo solo se limita a decir,  que no la están pasando nada bien; que los precios de los alimentos de primera necesidad están inalcanzables; que la salud pública, como la educación no sirven en este país; que no hay seguridad ciudadana; que el transporté público es un caos; que los servicios municipales andan manga por hombro; que la energía eléctrica está peor, y temiendo que ser pagada más cara siempre; que de este país hay que desgaritares, para dejarlo todo ya en manos de estos políticos corruptos, y aquellos empresarios ladrones que los secundan.

Las esperanzas de algún bienestar, o sosiego pueblerino aquí, están cifradas en los cambios de autoridades sujetos a producirse en los torneos electorales cada cuatrienio, que se celebran localmente con religiosidad; y, la modificación esperada del modelo de dirección estatal que hasta ahora ha prevalecido, lo cual se impone con bastante urgencia.

No obstante, esas ilusiones lucen cada vez más truncadas, a pesar de que los torneos electorales continúan con la regularidad ordinaria establecida. Pero, todo prosigue igual, cuando no peor. Los mismos reclamos sociales, e iguales demagogias estatales politiqueras, que son de las cosas que más se oyen en Dominicana.

Al menos, es lo que hasta ahora se advierte con relación al nuevo gobierno instaurado, después de casi año de gestión. La rutina que se ha seguido, como siempre, es la estipulada en los libretos de los que precedieron en el mando de la cosa pública: corrupción; concertación de deudas con el exterior; el grueso de un funcionario inepto designado; hacer grandes negocios desde los cargos oficiales; y, la no defensa de la soberanía nacional, entre otras cosas. ¡“Bellezas” anti pueblo!

Entonces, la actitud ciudadana que procede, ¿será continuar esperando las futuras celebraciones de torneos electorales a nivel nacional, en busca de cuántas mejoras se requieren ya con urgencia?

Cualquier pensante medio se preguntaría: ¿y para qué?; al tiempo de externar, a manera de complemento, ¡con los funestos precedentes que aquí se tienen! Es obvio que, ningún gobierno que surja de las urnas en este país, a ser presidido por mandatarios comprometidos con los poderosos sectores económicos localmente gravitantes, va a resolver nada.

La proclividad debe ser entonces, hacia elegir otra forma de gobierno, y no desde las urnas por obligación; que se identifique solidariamente más con la población; que este dirigido por alguien, que sepa escoger a sus “soldados” para la batalla:  que no prevalezca el pensar de buscar puestos públicos para políticos advenedizos; sino, el personal más apto para ocupar las posiciones existentes dentro del tren gubernamental.

Pero, además, que tampoco esté pensando solamente en cargar sobremanera a este pueblo, impositivamente hablando, tal ha venido siendo la práctica durante las últimas décadas.

Autor: Rolando Fernández

 

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