Detrás de un buen padre, indudablemente hay un buen esposo

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Por: Lucy García Chica

Hoy quiero compartir una historia  muy especial, pensando en mi padre, y en aquellos hombres maravillosos que Dios me ha permitido conocer a lo largo de mi vida. Mi padre no fue rico en términos financieros, y yo no extrañaba nada material que él me comprara, nada tiene el  valor y la importancia que se pueda comparar a esa profunda manera como un padre ama a su esposa y a sus hijos.

En esta parte del camino suelo extrañar aquellos silencios de papá, y que luego rompía con una risa inconfundible parecida al murmullo de los arroyos bajando por la pradera. Esto es recordar a papá, puro en sus apreciaciones de la vida y de las personas, con  esa manera única de sonreír en todo momento, proactivo ante las situaciones complicadas; cuando lo  veía abrazar a mi madre, podía notar aún en mis cortos años, que en medio de aquella simpleza con la que había diseñado su mundo, había un universo de amor y sabiduría, traducidos en silencios, y en aquella inconfundible sonrisa, su mirada álmica transparente, comulgando con mi madre en una misma vibración.

En realidad si desearía haber pasado más tiempo conversando con él y aprendiendo de su propia vida. Desearía que me hubiese enseñado más de la sabiduría que él adquirió con sus vivencias, sus silencios, sus plegarias, y esa conexión extraordinaria con el alma de las cosas.

Indudablemente, la  manera como nos miran los adultos en nuestra niñez, marca el rumbo de nuestra existencia, de tal forma que se hace parte de nuestra esencia y por ende nos hace más profundos para observar e intuir a quienes en algún momento cruzan por nuestra vida.

Hay una vivencia muy personal, que me dejó un aprendizaje maravilloso  en esta amada tarea de ser multifacética. En mi último año de  universidad, se presentó la oportunidad de hacer de enfermera y a la vez hacer terapia física a una muy querida y especial  amiga, esposa de un hombre maravilloso, padres de  cuatro hijos increíbles. Vi su relación  de familia como un vínculo  irrompible, donde los cuatro eran uno, experimentar con ellos ese tiempo de recuperación de mi amiga, fue aprender que para ser un buen padre, hay que ser buen esposo, el tratar a los demás con amor y respeto les damos a nuestros hijos el mejor regalo que podemos imaginar, criar a un buen ser humano es desarrollar una relación amorosa, donde los valores espirituales fluyen sin nada que obstaculice su expresión.

La manera como el esposo trata a su pareja no sólo impacta sobre el matrimonio, sino que también tiene un impacto duradero sobre los hijos y esto llega todavía más lejos,  la manera más efectiva de educar hijos sanos, bien adaptados y felices no es ocuparse de ser el mejor padre del mundo, sino en ser el mejor esposo.

Toda la amabilidad y la gentileza que recibí de aquella familia maravillosa me permitió crecer y saberme amada y protegida, tal vez porque  los miré desde la misma mirada que mi padre dejó en mis ojos.

Recuerdo que en aquellas oportunidades que debía viajar eran ellos mismos quienes me dejaban y recogían del aeropuerto para que yo llegara a tiempo y relajada a la universidad sin necesidad de tomar un autobús de 6 horas de trayecto, pequeños detalles que reflejaban su grandeza  de alma,  y su noble manera de proyectar sus valores.

Admiro a aquellos hombres maravillosos que trabajan arduamente para llevar el sustento a casa, admiro a aquellos hombres que hacen todo lo posible por darles a sus hijos, amor cuidado y educación; son dignos de honores; pero detrás de ese padre  indudablemente hay un esposo que ama profundamente a su esposa, he ahí el gran secreto  de ese maravilloso  regalo de ser PAPÁ.

La autora es Escritora Poeta y Columnista internacional.

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