El color del dinero

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Por María Beatriz Muñoz Ruiz

Cuando se pregunta sobre los grandes problemas de la sociedad en la que vivimos, salen a relucir palabras como racismo, machismo o xenofobia, yo podría resumir todo eso en una simple palabra, “dinero”, sí, os preguntareis que tiene que ver todo esto con el dinero; muy fácil, el otro día estaba comprando en un hipermercado y al pasar por la sección de zapatería me llamó la atención una mujer de color, bueno, de color negro, pero me llamó la atención por lo guapísima que era y lo elegante que iba. Si la hubiera visto paseando por New York, la habría confundido con una alta ejecutiva; su aspecto era de mujer empoderada, como se las llama ahora a las mujeres que hacen lo que los hombres han estado haciendo durante años. Su piel era tostada tirando a oscura, sus ojos verdes llamaban la atención tanto como su esbelta figura. Su pelo era negro y se podía deducir que bastante voluminoso, pues a pesar de llevar una cola ajustada, su melena larga parecía tener ese toque salvaje que le dan a las modelos cuando las visten para un catálogo de moda con escenarios de África, todo ello enmarcado en un elegante pantalón clásico de color negro y una blusa blanca. Bueno, después de describiros lo poco que me dio tiempo a ver mientras aminoraba mi paso para seguir observándola, decidí comprar las dos o tres cosas que necesitaba e irme.

La mujer se había ido ya de mi cabeza, cuando al desembocar en el pasillo de las lechugas para intentar dejar de engordar y poder encajar en los bañadores que me compré hace un mes, la vi pasar y detenerse en el pavo al final del pasillo donde yo me encontraba. Así que allí me quedé plantada en los fríos como si hubiera echado raíces, viendo como todo el mundo la rondaba e intentaba formar parte de su universo. Aquella mujer era un enorme y precioso sol y todos los demás parecían planetas girando a su alrededor mendigando un poco de calor y de atención. La escena parecía surrealista, miré mi lechuga, giré la mirada en dirección al pasillo de al lado, solté la lechuga y me dirigí a los vinos, a lo mejor si distorsionaba mi realidad me vería mejor embutida en los bañadores, quizás tampoco estaba tan mal, y, de todas formas, para qué sufrir comiendo comida de caracoles, pudiendo disfrutar de un buen vino. Así que cogí mis tres botellas de vino y salí con la intención de no volver a ver a aquella mujer y a su séquito de admiradores, más que nada, porque habría tenido que volver a por otras tres botellas de vino para comprender que jamás alcanzaría su nivel por mucha lechuga que comiese.

Por fin salí de allí y dejé atrás mis celos sanos, claro, siempre sanos, aún no había tenido deseos de darle con una de mis botellas de vino, por lo que se pueden considerar celos sanos.

Justo antes de salir, frente a la puerta de cristales, me detuve para encajarme bien mi sandalia, y cuando levanté la mirada…no, no era aquella mujer a quién vi, era un muchacho de color, color negro, sentado en un banco vendiendo gafas de sol. La gente que pasaba por su lado ni lo miraba, los que lo miraban lo hacían con desagrado o superioridad, una persona casi tropieza con las gafas que vendía y le soltó algún que otro improperio para que no se pusiera allí a vender. Al final, llegó un policía y lo echó. Yo seguía allí, observando la escena y sintiendo lastima por ese muchacho de ojos tristes y esperanzas rotas, esa persona a la que se trataba como si no valiera nada, como si este mundo estuviera mejor sin él, esa persona que vino buscando un futuro mejor y se encontró con una vida de sueños rotos.

No sé cuánto tiempo estuve observando todo desde dentro, pero fue suficiente como para ver que los policías seguían su camino, no antes de mirar ambos en la misma dirección, hacia donde yo me encontraba, pero no me miraban a mí, miraban a la mujer que me había arruinado la dieta hacía unos instantes.

Entonces comprendí la hipocresía de la sociedad, lo llaman racismo cuando lo quieren llamar clasicismo, no es por el color de la piel, todo en este mundo gira a rededor del estatus social, de la belleza y el dinero.

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