Una escuela deplorable: la televisión en Dominicana

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Cada vez más la televisión local sigue registrando un mayor grado de deterioro, en términos de calidad, formación ciudadana, y moralidad, exigibles todas esas cosas por la gente pensante en este país.

Además, es algo que pone en evidencia clara, el nivel de ignoraría que arropa a un gran segmento de la sociedad nuestra, cuando opta por aceptar conforme cuánto se le ofrezca a través de ese tan importante medio de difusión, que debería ser aprovechado para fines más apropiados: concienciar a la población como se debe, y educar a la gente, entre otras cosas.

Cabe intercalar aquí, a propósito, algo que dijera en una ocasión en gran zorro de la política nuestra: “Si la ignorancia alimentara, la República Dominicana, fuera uno de los países, cuya población tendría siempre, muy bajos niveles de deficiencia nutricional”. ¡Qué cerca anduvo aquel de la verdad!

Respecto de la temática que en realidad aquí nos ocupa de forma directa, procede repetir algo relacionado, que una vez plasmáramos en un trabajo anterior: “Ay, doña Zaida Ginebra viuda Lovatón, ¡cuánta falta ha hecho usted en este país!, en que tampoco aparece nadie que esté en disposición de emular sus loables procederes, actuando en el ayer, como presidente de la Comisión Nacional de Espectáculos Públicos y Radiofonía”. ¡Desapareció ese material!

¡Qué tiempos aquellos! De sobra estuvieron de moda, aunque fueran impuestas en cierto sentido, la decencia, como la moralidad marcada, en clara expresión entones.

Relacionado con lo expuesto más arriba, se reporta como innegable que, una gran parte de los males sociales que se verifican a nivel de la sociedad dominicana, obedecen a conductas impropias aprendidas, y que tienen como escuela principal, de amplia instrucción cuestionable, la llamada pantalla chica nacional.

A través de ella se difunden, en la mayoría de los casos, producciones directas originadas en el “solar”, mal elaboradas en un alto porcentaje; como, los enlatados que se importan, con contenidos execrables casi todos.

En ambas ocurrencias, cargados esos de amoralidades, vulgaridades extremas, homosexualismo, y criminalidad. También, de artimañas y chismoteos políticos a granel, relacionados con del ejercicio local de las actividades partidaristas.

Tienen suficientes espacios disponibles también para destacarse, una serie de “programeros” de baja monta; todólogos disparatosos; y, los analistas de pacotilla que se agregan. Todos, con el concurso destacable de los llamados interactivos pagados, lambones sin control, que complementan sobremanera a los seudo productores que osan crear.

Pero, además están en ese ambiente, los musiqueros y cantantes que se autodenominan urbanos. ¡Vaya representantes de arte real alguna!; y, de cuyas actuaciones, solo se infiere siempre, un carácter degenerativo extremo.

En adición al coctail degradante señalado, se promueve desde allí, una tremenda inversión de valores, que se entiende exprofeso, entre otros despropósitos, a los fines de que se haga más efectivo cada vez el dominio de los poderes económicos y políticos que gravitan en esta sociedad.

Se advierte que, están dentro de esa mala intención, los llamados “culebrones”: telenovelas repletas de sandeces, pero alienantes; como, de féminas actuantes, qué no saben lo que es ser mujer, y que están dañando muchas de las mentes del considerado sexo débil. ¡Incierto futuro le espera a ese!

Por tanto, hablar de calidad entonces.  decoro propiamente, o sana instrucción hacia este pueblo, en relación con la televisión del “patio, es la excepción más que notable”, en el tenor de lo abordado.

Sobre ese particular, asociado con la degeneración social que viene afectando al país, y que data desde hace años, con frecuencia algunos hablan fervorosamente; pero, todo se queda en bla, bla, bla, sin que hasta el momento haya habido la intención de procurar las enmiendas debidas en ese orden.

Muchos son los cacareos, y chachareos relativos que se dan, sobre los correctivos que ya urgen en ese ámbito; y que no pueden esperar más, por el rebosamiento de la copa verificado, que raya hoy, más que nunca, con lo vergonzoso extremo, y la mediocridad sin parangón.

No obstante, nadie se inclina por agenciar el que se agarre el toro por cuernos para tratar de doblegarlo en ese sentido, y que las cosas dentro de ese sector comiencen a funcionar mejor; que sea distinto el panorama que se exhiba a la población por medio de ese tan influyente mecanismo de comunicación hacia la gente.

Los daños conductuales que está provocando la televisión nacional en la niñez, los preadolescentes y los adolescentes en este país, con marcada inclinación hacia el sexo femenino, y hasta en personas incluso, que se supone tienen cierta madurez entre nosotros, son incalculables.

Y, posiblemente, hasta irreversibles se tornen aquellos, mientras los programas que se difundan por la televisión nuestra, y los mismos canales extranjeros que nos ofrecen, sean objeto de un efectivo filtrado; que se discriminen, y se establezcan horarios especiales para la presentación de muchos de ellos; como que, sean destinados con rigor, solamente para a los adultos aptos.

Entonces, es obvio que, de proseguir todo como hasta ahora, a través de esa pantalla de tan fácil acceso para la población en general, qué se puede corregir, de forma tal que las células familiares nuestras, fraguas principales de los comportamientos a exhibir luego por los vástagos, vuelvan a ser lo que eran ayer, como contribución necesaria, para la solución de tan mayúsculo problema nacional.

Jamás nada loable se podrá lograr, con esos maestros indecorosos actuando desde dentro mismo de las casas, y sin que los padres asuman las responsabilidades debidas de control con los hijos; que se impongan las medidas de cuidado pertinentes, ante determinadas presentaciones en la televisión local, y la extrajera.

Pero, además, y en el marco de lo posible, que, a manera de complemento, tampoco se pierda de vista la atención hogareña sobre las degenerativas redes sociales, y sus usos a lo interno de las tribus sanguíneas en este país, por parte de los componentes de la misma.

Solo así se podrá hablar de un verdadero combate a la criminalidad y la delincuencia en Dominicana, entre otros flagelos de alta peligrosidad que hoy afectan. De lo contrario, todo continuará de mal en peor en esos órdenes, localmente.

Autor: Rolando Fernández

 

www.rfcaminemos.wordpress.com

 

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