Aseguramos que a la juventud no le gusta leer libros físicos, pero, ¿hemos cultivado en ella esa cultura?

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Por Emilia Santos Frias

Libros, caminos y días dan al ser humano sabiduría, reza un proverbio árabe. Carecer de libros propios es el colmo de la miseria, decía el universalista; científico; inventor y uno de los padres fundadores de Estados Unidos, Benjamin Franklin.

Hoy estas frases lacónicas, tienen sentido en nosotros, cuando escuchamos en nuestro entorno decir que: a la juventud no le gusta o carece de hábitos de lectura; de amor por la lectura del libro físico, como hacemos quienes pertenecemos a las generaciones digitales, Silenciosa, Baby Boomers y X. Quizás, estamos juzgando con mucha severidad, ¿qué fuero hemos ofrecido a nuestra juventud para que desarrolle amor hacia los libros físicos?

Montesquieu, filósofo, autor del Espíritu de las Leyes, solía exclamar: “el estudio ha sido para mí el principal remedio contra las preocupaciones de la vida; no habiendo tenido nunca un disgusto que no se me haya pasado después de una hora de lectura.

El eterno soñador, Walt Disney, pionero de la industria de la animación, afirmó que “hay más tesoros en los libros que en todo el botín del pirata de La Isla del Tesoro. Siendo así, ¿en qué le hemos fallado a las generaciones de millennias, centennials, y la más reciente, los alpha, que son 100 por ciento digitales.

¿Qué le hemos ofrecido, para que sean “ratones de bibliotecas”?…, por cierto, ¿estas aún existen?, ¿son las obras pedagógicas, escolares y literarias asequibles, en todo el sentido de la palabra?, ¿se fomenta y patrocina la lectura, escritura y producción de obras poéticas?, yo aquí inquiriendo de forma sarcástica.

Resulta, amables lectores, que si cerca de la biblioteca tenemos un jardín ya no nos falta nada, decía Marco Tulio Cicerón, jurista, político, filósofo, escritor y orador romano. Pero un hogar sin libros, es como un cuerpo sin alma, también decía este ilustre pensador, considerado uno de los más grandes retóricos y estilistas de la prosa en latín. Comparto totalmente sus premisas.

Cuando abrevamos en la juventud el amor por la lectura, sencillamente le permitimos trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía, como afirmó John Fitzgerald Kennedy, pasado presidente de los Estados Unidos.

¿Conoce usted y ha garantizado la Ley 502-08, del Libro y Bibliotecas, de fecha, 29 de diciembre de 2008, así como, su Reglamento de aplicación, 511-11? Ambos, establecen las normas y principios dirigidos a fomentar las bases de políticas que conduzcan a democratizar la lectura y el acceso al libro en nuestro país, para lograr el desarrollo armónico de la industria editorial en sus diversos sectores y procesos.

Además, a estructurar el Sistema Nacional de Bibliotecas como un medio necesario para el desarrollo social, educativo, cultural, científico, tecnológico y económico de la nación y para su integración en el mundo.

Sencillamente, los libros “son el mejor viático que he encontrado para este humano viaje”, reflexionó Michel Eyquem de Montaigne, escritor, humanista y moralista francés del Renacimiento, creador del género literario conocido en la Edad Moderna como ensayo.

Sin dudas, “el regalo de un libro, además de obsequio, es un delicado elogio”, como aprecia el proverbio anónimo. Es por ello, que el educador Thomas Carlyle, historiador, traductor, matemático, crítico social y ensayista escocés, definía al libro como un amigo que nunca te decepciona.

En esencia para frenar la dificultad que tenemos en nuestra población joven, no basta con realizar decenas de ferias del libro, donde se invierten grandes presupuestos en montajes y tarimas, pero los libros no pueden ser adquiridos por los visitantes, debido al alto costo en que se ofertan.

Tenemos que volver a producir obras con editoras y materia prima de bajo costo, que permitan llevar el conocimiento a todas las manos. Al tiempo que, la educación en el hogar y las academias propicia su disfrute.

No debe continuar la acción de ofertar un libro impreso en papel de baja calidad, a tan elevado precio; que un libro elaborado con bajo costo de operación, cueste más que una botella de alcohol. Acciones como estas son las que han propiciado problemáticas, como la deserción escolar y universitaria.

Paradojas; seguimos atónitos ante el costo elevado de un condón o preservativo, versus, el costo de una cerveza. Consecuencias, embarazos no deseados, embarazos en adolescentes; enfermedades de transmisión sexual y una población joven dependiente del vicio alcohol…entre otras.

La verdad es que, la lectura es un ticket de descuento a todas partes, como bien dice la periodista y ganadora del Premio Pulitzer, María Schmich, y que un lector vive mil vidas antes de morir, pero, la persona que nunca lee vive solamente una, como asegura el guionista George R. R. Martin.

Es lamentable el resultado del estudio publicado de hace casi cinco años, por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), titulado “Comportamiento del lector y hábitos de lectura”, el que indica, que la República Dominicana, ocupa el segundo lugar entre once países de América Latina y el Caribe con menor población de lectores de libros, con un 32 por ciento.

Pero como la esperanza es lo último que se pierde, sigamos accionando y ponderando iniciativas como las accionadas por la Dirección de Cultura, del Ministerio de Educación, con su plan denominado “Dominicana lee”, con el que busca impulsar la lectura en el país. Deseamos que consiga lo pautado.

¡Enhorabuena!, Porque como bien asegura un conocido proverbio hindú “un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona, y destruido, un corazón que llora”.

Amables amigas, amigos, el cuentista Jorge Luis Borges, nos recuerda que, “una persona no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

Hasta pronto.

santosemili@gmail.com

La autora reside en Santo Domingo

Es educadora, periodista, abogada y locutora.

 

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