El astro humano

71

Pastor Matías Benjamin Reynoso

Bautizar a un hijo con el nombre Diego Armando era, en ese momento, la mejor forma de expresar alegría.  Era como traer a la casa la magia que irradiaba Maradona en el estadio.  Era como tapar con un gol las tantas necesidades de los que no tienen oportunidades, ni trabajo, ni siquiera a donde ir a divertirse de vez en cuando.  Es decir, Diego Armando Maradona se había convertido para los latinoamericanos, en la sensación de una luciérnaga que se resbala entre el tallo, las hojas y algunas piedras para la euforia. Era un astro humano.

Él, por mucho tiempo, es el comienzo anticipado de la única leyenda en el occidente que tiene doble cara: para unos, el héroe que bajó del Olimpo a salvar la moral de los argentinos – principalmente- en el mundial México 86 en el estadio Azteca frente a Inglaterra a resolver asuntos pendientes de las Malvinas. Y para otros, es la bestia furiosa y arrasadora, salvaje, rebelde, poco común. El único que pudo patear las leyes, la moral, los prejuicios, las costumbres y los estándares. Y luego fue excomulgado gentilmente por Eduardo Galeano: [Maradona] “Era un dios sucio de barro humano, se parecía mucho a un pecador, mentiroso, fanfarrón, mujeriego, que le gustaba el trago como a nosotros. Era el más humano de los que había dioses y por eso muchísima gente se reconoce en él”.

Ciertamente, en América Latina estábamos entusiasmados con su brillo; aunque muchas veces confundidos con enormes sombras saliendo de los callejones (…). Pero aun así solamente deseábamos que por lo menos uno entre la familia llevara su nombre. Su destreza era gigante y se extendía cada vez más. Venía como un alud a juguetear con los adolescentes en los barrios. Su carisma influyente y ostentoso se escapaba de la escuela a ir a patear la estupidez en los parques.

En efecto, tristemente los errores, el infortunio, el entorno y las malas noches le tendieron una trampa enredándoles los pies cayó al piso. Le sacaron en cara el otro lado de la chaqueta del Diez en un mal tiempo para su familia, de algunos amigos y él.  Como le pasó a la cigarra terminó sus días en un canto ensordecedor.  Dejó sus huellas en colores y también en blanco y negro; y un zumbido ininterrumpidamente desde el abismo siguen saliendo las peores infamias a un coleóptero sin fuerza.