En blanco

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Sergio Reyes II.

Quisiera, abrir de par en par el espacioso baúl en que guardo las palabras y tomándolas con sumo cuidado y devoción, seleccionar aquellas que mejor encajen, las que hagan conexión con lo que bulle en mi interior, en este día.

Quisiera, como el hechicero de los cuentos, con un simple tronar de dedos poner a girar los verbos, adjetivos y sustantivos, para ensayar las mil y una formas posibles de definir aquello que estoy fraguando y que ni yo mismo se lo que habrá de ser.

Quisiera, armarme de valor, respirar profundamente, sustraerme del entorno y entregarme por entero a la meticulosa labor de ensartar vocales y consonantes, dando vida a las palabras que en mayor o menor medida expresen lo que hoy yo siento.

Quisiera, apropiarme de las tildes, los acentos, los puntos y las comas, ir de la mano con la enigmática diéresis, usar hasta la saciedad los signos de admiración (¡!) y, valiéndome arteramente del recurso de la duda, ir caminando en zigzag junto al señor interrogante (¿?) o los dubitativos y traviesos monarcas del suspenso (…)

Quisiera, encomendarme a los paradigmas de la literatura universal, que han moldeado, poco a poco y lentamente -como la gota en la piedra-, esta sublime ocupación de escritor.

Quisiera, perder por un segundo este indefinible sentido de vacilación que me impide empuñar de una vez por todas el papel y estampar en su impoluta y virginal blancura los frenéticos y atropellados trazos que han de conducirme a la conquista, aun sea por un leve instante, del indescriptible placer de la atención del lector.

Quisiera, en fin,…pero HOY no puedo!!

La musa de mis sueños, la Señora Inspiración, ha salido de paseo, ha volado lejos, adonde no la puedo alcanzar. Y, con la suya, se llevó mi vida, dejándome este inmenso vacío y una impotencia brutal para expresar cosas, transmitir emociones y seducir a desprevenidos lectores.

Es por ello que, a riesgo de sufrir justificados reproches y encarnizados reclamos y reprimendas, he procedido a dejar cada cosa en su lugar, los signos y los ardides, las palabras y los temas, las letras y los suspiros, las metáforas y sus ocultas verdades.

He devuelto el baúl a su oscuro y solitario rincón y le he dejado herméticamente cerrado, rumiando a su vez su desventura por causa de mi vacilación.

Y me he quedado callado, triste e irremisiblemente solo, en el más lúgubre silencio, frente a esta hoja de papel que, por HOY, seguirá siendo virgen, impoluta, inmaculada,… de blanco.

Mañana, tal vez. Quizás…