La visita de un amigo

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Por Sergio Reyes II.

Las gotitas de rocío, que en el curso de la noche se han ido acumulando por millares en las legendarias planchas de zinc, ruedan incesantemente yendo a dar con estrepito en la superficie del suelo, la calzada, las cubetas y otras tantas cosas que rodean el entorno de la añosa casona. Los maderos parecen crujir por efecto del frio que invade el cuerpo y penetra hasta los huesos.

Al alcance tengo sobrados motivos para eternizar el momento y permanecer, un rato más, disfrutando la tibieza de la cama, pero el encanto del ambiente que a estas horas caracteriza a Villa Vitalina y sus alrededores termina por imponerse y, envuelto en las alas de la nostalgia y las faldas de mi abuela, vuelo a la cocina en busca de las delicias de una buena taza de café o el subyugante placer de unos sorbos de rico té, con hojas de naranja, guanábana, limoncillo y algunos tubérculos de jengibre, para enervar el espíritu y calentar las tripas.

Este día, con el embrujo del imponente candor de las lengüetas de sol que asoman por el oriente, encima de la profusa arboleda de la cañada, es, en todo su esplendor, un canto de amor y paz en homenaje al Todopoderoso que legó a la humanidad esta maravilla de la creación.

En la apacible estancia de estos días en Villa Vitalina, por momentos pienso que es demasiado tesoro para mí solo, y me empecino en concitar el apoyo y la compañía de hijos, nietos, familiares y amigos, en aras de compartir con ellos el inconmensurable tesoro y la placidez de un amanecer, con su pizca de neblina y rocío, el humo de la leña ascendiendo por encima del tejado y unos sorbos de energético café de nuestro propio terruño.

Pero, a felicidad no siempre es completa. Las obligaciones y compromisos, junto al engendro reciente del ‘toque de queda’ imponen comprensibles limitaciones en el accionar y el desplazamiento y he aquí que he debido disfrutar, casi solo, de este desbordante tesoro, con la mirada y la ilusión puesta, cada día, en la posible llegada en tropel, de los míos.

Por de pronto, Chío amenaza con dejarse caer por estos predios, y la sola posibilidad de contar con su límpida amistad, su desbordante alegría y sus ocurrencias, con las que a todos contagia dondequiera que va, me llena de regocijo.

Por ello te digo en este día, Hermano Rubén Darío Villalona, que aquí te esperamos con los brazos abiertos, como siempre. Y de paso, ojalá pudieses traer contigo los destellos del cariño y la amistad de Claudio (EPD), de Erickson, Andrés, José Luis, Guancho, Orlando, Carmen, Cristino, Reynoso, Lucia, Nino y otros tantos amigos que hemos cosechado en este infinito quehacer del arte y la cultura.

Ven, solo o acompañado. Déjate ver por los predios de mi hábitat. La arboleda, las avecillas, las gotas de rocío, los espinosos cadillos y el rumoroso arroyuelo, con sus aguas cristalinas rodando en tropel en busca del océano, también te dan la bienvenida.

Recuerda: Villa Vitalina es un tesoro demasiado grande para vivirlo en solitario. Y yo me acostumbré a disfrutarlo con todos ustedes.

Te esperamos!!

Enero 6, 2021.