Carta a Nicaragua, en esta Navidad desde el exilio

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Fabio Mendoza Obando

Por Fabio Mendoza Obando

Amada Nicaragua:

Ya es Navidad y fin de año otra vez, yo como miles de mis compatriotas estamos distantes de ti, fuera de las fronteras, desunidos como núcleo familiar no porque queremos, es una circunstancia dictatorial. Estamos en algún lugar del mundo resistiendo los embates del exilio que se torna cada vez más atroz, incómodo, indigno y muy pesado para sobre llevar. Explotan en nuestros corazones esas ansias de un regreso patrio que pareciera que cada vez se hace más hipotético. No hay navidad más triste que estar fuera de la patria.

En aquella comarca del Atlántico la navidad de mi infancia era singular donde pasé muchas de ellas. Los aires y todo el ambiente navideño me remontan a esos primeros años cuando toda mi familia nos preparábamos anticipadamente para celebrar la Nochebuena. Como no recordar aquellas deliciosas comidas que se hacen para esta ocasión. El infaltable nacatamal, las hornadas, los queques, el árbol de navidad que arreglábamos de cogollo de laurel y lo cubríamos de algodón, eran arreglos al natural.

Los regalos colocados debajo del sencillo y hermoso árbol de navidad que por las noches lo adornábamos con candelas romanas encendidas para verlo brillar, era el momento más esperado para todos los menores de edad. Eso nos alegraba la vida y daba significado a la celebración de fin de año y sobre todo el compartir entre todos como familia unida donde manifestábamos las más sinceras muestras de amor. La Nochebuena a como la llamamos en mi país, era el momento mágico del año. Y lo que no puede faltar, hacer un muñeco de tela y algodón caracterizando a un personaje político, símbolo del año viejo, que se despide quemándolo a media noche del treinta y uno de diciembre. Eso siempre fue divertido e inolvidable.

Como cambian las cosas, hoy son diferentes y no nos queda de otras que alimentar esos recuerdos cuando vivimos el verdadero sentido de la navidad en familia en nuestra Patria. Si bien es cierto que estábamos bajo la sombra del alero de una dictadura, en aquella finca de nombre Las Praderas, a pesar del difícil momento que estábamos pasando y los menores de la casa no entendíamos semejante conflicto, sacábamos ese espacio para compartir todos la cena, no dejar escapar la tradición, mantenerla siempre vigente.

Hoy escribo desde el exilio, como en los años ochenta miles y miles de compatriotas pasaremos una navidad lejos de la familia, lejos de la Patria, embargados por la nostalgia, recordando los momentos que un día fueron bonitos y ahora son un archivo más de la memoria y el corazón. En estos momentos no se puede retornar al país, está la pandemia que es un impedimento que pareciera que no tiene fin y la dictadura cada vez más enraizándose en el poder que ha restringido la libertad para todos aquellos que son opositores a su régimen. Por lo tanto tenemos que conformarnos con la llamada por teléfono y las felicitaciones a larga distancia.

No sabemos hasta cuando nos volveremos a ver, con la familia y con la Patria, este exigido destierro tuvo principio pero su fin por ahora es incierto. Estamos caminando sin una brújula que nos indique la dirección correcta hacia donde debemos llegar. Todos queremos estar en la Nación nuestra que nos vio nacer y crecer. Navidad sin patria ni familia, es como estar dando pasos al vacío, revolcarse en la desesperación y el ahogamiento, darse cuenta que hay que estar estacionados en el puerto de la espera, mientras pasa el oscuro vendaval que tiene atrapada a la Patria.

Patria mía, cuanto duele estar viviendo de los recuerdos, vivir atados a sentimientos que no puedo evitar y darme cuenta que es lo máximo que podemos hacer, sentarme en el respaldar de la soledad todas las noches a decir tu nombre, escribirte un poema, a recitarte estrofas de canciones libertarias. Fe y esperanza, la fórmula que se arraiga en mi corazón, el sueño de libertad, el anhelo de un País para todos donde el bien sean por igual, donde ya no tengamos que pasar fiestas navideñas en el extranjero, que nos podamos reunir en casa y la hermandad sea el motor que nos guíe por el camino correcto. El recuerdo es el único paraíso del que no pueden expulsarnos.

El autor es escritor y poeta nicaragüense