Estados Unidos entre el voto, la incertidumbre y las armas

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Por Luis Mayobanex Rodríguez

New York. – Una cómoda victoria del candidato demócrata Joe Biden, posible de suceder según las encuestas, sería el más efectivo muro de contención a la estrategia obstruccionista y levantisca de Donald Trump y su fanatizada base política.

Incluso este eventual escenario alentaría a franjas republicanas desafectas a Trump a buscar que su partido marque distancia con su proceder.

Los dos factores políticos indicados al combinarse con la necesaria estabilidad que los mercados mundiales requieren para el desenvolvimiento de la economía presentarían una situación de hecho en que la aceptación de la victoria de Biden pararía la inestabilidad político-social y limpiaría un tanto la imagen, bajo cuestionamiento, de un sistema democrático que en la historia moderna ha sido presentado como paradigma para los demás países.

Para algunos analistas un elemento favorable al candidato demócrata son los porcentajes récords en voto anticipado. Consideran este voto expresión de un creciente hartazgo ciudadano hacia una administración que además de cualquierizar y atacar grupos étnicos, de burlarse de la mujer y restringir derechos a todo lo asumido como diferente, les ha dado un trato brutal e inhumano a franjas de emigrantes y destruidos puentes de amistad y cooperación a nivel internacional con liderazgos y estados asociados históricamente a EE.UU. Al llegar al lunes 2 de noviembre cerca de 100 millones de ciudadanos y ciudadanas han votados por correo y previo al día de las elecciones.
En estados que resultaron claves en la victoria de Trump en las elecciones del 2016, ejemplo Texas con 38 votos electorales, el viernes 30 de octubre se registraba una votación adelantada superior a los 9 millones, sobrepasando así la votación de 8,969,226 del 2016.

Hay que señalar que el voto adelantado en este estado, como en el país, enfrentó a republicanos y demócratas. Guiado por una de sus extrañas teorías de conspiración, los primeros crearon serios obstáculos al limitar en términos de horas y lugares este voto. El gobernador Greg Abbot, republicano, limitó el número de los centros para entrega de boletas para quienes decidieran votar vía el correo. Según publica la prensa Abbot estableció un solo centro en el condado de Harris que cuenta con más de 4.7 millones de residentes y el mismo número (1) para el condado de Loving que cuenta con un registro poblacional de 169 habitantes. Esta decisión está marcada por la comprobada preferencia política de los ciudadanos de ambos condados.

Igual proceder asumió el secretario de Estado de Ohio, Frank LaRose. El propio Trump, sin importar la gravedad de la pandemia del Covid-19, catalogó de recursos de fraudes tanto el voto adelantado como el de correo, aun y cuando, al final, el mismo salió a votar antes del 3 de noviembre.

Por el contrario, los demócratas promovieron iniciativas legales para facilitar estas modalidades de votación. Dispusieron de millones de dólares para promoverlas vía los medios de comunicación y para movilizar decenas de miles de activistas en todo el país, en especial en estados péndulos electoralmente y donde el nivel de contagios y muertes por el Covid es elevado.
Entre las razones que se consideran que el impresionante número de votos anticipados favorece a los demócratas, están el contar con una base electoral mucho más extendida y numerosa que los republicanos y el hecho cierto de que en las elecciones del 2016 la victoria republicana, solo viendo el factor matemático, encontró una poderosa razón en el ausentismo del voto demócrata no en el crecimiento del voto republicano.

En este contexto un factor positivo adicional para la colectividad política azul es el aumento significativo del voto adelantado de más de 3 millones jóvenes en edades situadas entre los 18 y 29 años. Un elevado 63% de estos dice que votará en estas elecciones, porcentaje del cual 60% se decanta por Biden. Esto podría beneficiarlo en estados claves y aun sin definición de a quien pudieran favorecer.

Según el Centro de Información e Investigación sobre Aprendizaje y Participación Cívica, con sede en la Universidad de Tufts, 753, 600 jóvenes votaron hasta el pasado 23 de octubre en Texas, en comparación con 106,000 que lo hicieron en el mismo periodo en el 2016. Sobresalen, además, estados sujetos a dura competencia que en el 2016 votaron por Trump como Florida con 433,700 versus 134,700, Carolina del Norte 331,900 versus 88, 6000 y Georgia con 230,500 versus 66,800.

Para este sector votante temas como el medio ambiente, la pandemia, la proliferación de armas de fuego y la enorme deuda estudiantil, resultan de interés durante y después del proceso electoral.

El escurridizo e importante voto independiente compuesto mayormente por clase media, ubicado en los suburbios de los centros urbanos y que se inclinó por Trump en el 2016, se resiente hoy frente al candidato-presidente por su manejo de la pandemia, entre otras razones. Lo propio está ocurriendo con los hombres que pasan de 65 años y con las mujeres. Entre estas Biden supera a Trump en un 24%.

En términos generales, entre las minorías se reafirma el tradicional apoyo a los demócratas.
Una encuesta hecha por la firma Pew Research a principios de octubre, recoge que el 89 por ciento de afroamericanos se identificó con Biden y un 8 por ciento con Trump. Sacarlos a votar puede ser crucial, cuando entre los blancos el apoyo a Biden es de un 44%. Los afroamericanos representan alrededor del 12.5% del padrón electoral nacional.

El mencionado estudio establece que un 63% de los latinos se va con Biden y un 75% de asiáticos. Con sus 32 millones de empadronados, la comunidad latina ocupa un segundo lugar, por vez primera, después de los blancos, representando un 13,3% del electorado general. Su hándicap: bajo nivel de participación electoral.

Se había establecido que para que el voto de las minorías se volcara a los demócratas, por lo menos en el caso afroamericano, que es un voto más politizado y que no se mueve solo a partir del exhorto de un rapero famoso, Biden y Kamela Harris, candidata a la vicepresidencia, tenían que “limpiarse” por su endoso a leyes que criminalizaban a los negros y el apoyo frecuente, de Harris cuando era Fiscal General de California, a la Policía en casos de violencia y muerte muy marcadas por el factor racial.

Este detestable y condenable proceder de la dupleta demócrata ha pasado casi inadvertido por la magnitud de las protestas y movilizaciones que se generaron dentro y fuera de los Estados Unidos durante el verano de 2020 teñido de sangre de hombres y mujeres negros y arropado por la rabia e indignación de los excluidos y golpeados de siempre recogidas en el grito de “Black Lives Matter”.

Republicanos y demócratas están conteste que las encuestas dan como ganador a Joe Biden. Sin embargo, en el campo demócrata nadie se atreve a cantar victoria. Lo ocurrido en las elecciones del 2016 en que las encuestas daban como ganadora a Hillary Clinton frente a Trump, predicciones que resultaron fallidas, como experiencia reciente lleva hoy a los demócratas a la cautela. A no adelantarse a los acontecimientos y esperar que sea la fuerza de la matemática electoral la que reafirme o vuelva a desmentir los estudios especializados en intención del voto de los estadounidenses.

Oscurece el escenario político del 3 de noviembre no tan solo el discurso descalificador entre los dos contendientes mencionados, sino también la proclamada voluntad trumpista de no aceptar unos resultados que no validen su proyecto reeleccionista. En este contexto un escenario tenso y acompañado de violencia solo podrá disolverse si la fuerza de los votos convirtiera en realidad la predicción hecha, a través de The Daily Beast, por el magnate de los medios de comunicación de derecha Rupert Murdoch: “Joe Biden derrotará a Donald Trump en un triunfo arrollador”.

De presentarse una votación cerrada durante o después del día oficial de las elecciones, la voluntad ciudadana quedaría relegada a un plano secundario y la salida a la crisis post electoral se buscaría en las calles de EE.UU. en batallas masivas de gentes con slogans, pancartas y armas de fuego o, en el menos traumático de los casos, en los tribunales del país. En paralelo ambas cosas pudieran ocurrir.

El discurso del candidato republicano de alentar el odio y a los grupos armados de supremacistas blancos, de promover la confrontación racial, así como proclamar que no acatará unos resultados electorales que no le favorezcan y su decisión de continuar en las calles después del 3 de noviembre en defensa de su “victoria”, auguran momentos de crispación y confrontación y hasta de una posible interrupción en el traspaso de mando en EE.UU.

Con una Segunda Enmienda de la Constitución que le da derecho al ciudadano al uso y porte de armas de fuego, esto contribuye al funcionamiento, en el país, de alrededor de 200 milicias integradas por civiles y militares retirados blancos parte de los cuales reclaman a Trump reprimir la “insurrección marxista” a la vez de proclamar que la “guerra civil está aquí y ahora”.

Como muestra del inflamable momento que se respira, en lo que va de año más de 17 millones de armas han sido compradas según reportó el periódico The Guardian, la mayor parte comprada durante el pico de la pandemia y en el verano cuando las protestas contra la brutalidad policial y la discriminación racial estremecieron la sociedad estadunidense.

En un país profundamente dividido por razones políticas, sociales y raciales es mucho lo que el poderoso grupo integrado por el 1% de la población tiene que perder si la violencia sustituye los espacios institucionales. Por eso, entiendo que el escenario más posible para la búsqueda de una salida a la crisis que se prevé será el judicial, más cuando a éste es al que apuesta Trump. Si así sucediera sus aspiraciones continuistas se potencializarían y la victoria demócrata se alejaría.

Exentos o no de conflictos legales y violentos este es un proceso electoral que también tiene que importar, y por mucho, a la diversidad poblacional, cultural y nacional que caracterizan, como región, a los latinoamericanos y caribeños.

El autor es Coordinador en EEUU de Alianza País