(6 de 7) La otra humanidad del obispo Francisco Ozoria Acosta

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Por Miguel Espaillat

El capitán Lucas Robles evita el asesinato del padre Christopher

1 – Con el peso del trabajo del día y con lo difícil que estaba el tiempo, el padre Christopher intentó olvidar por un tiempo, las dificultades que tenía con el obispo Ozoria Acosta; pero no lo logró. Las palabras del Monseñor le seguían retumbando en la cabeza. Había sido muy determinante cuando le señaló que debía abandonar la parroquia y que no era grato en el Obispado. Esa tarde no pudo oficiar misa; un ministerial ofició la celebración eucarística; estaba perturbado. Al llegar la noche se tendió en su cama, buscando que el cansancio pudiera hacerlo dormir, para poder tener su mente descansada y poder orquestar una buena decisión, a fin de poder zanjar sus diferencias con el Prelado y permanecer en la parroquia. Desde hacía dos días no se reunía con el Consejo Parroquial y con los cooperantes que habitaban la misma casa.

2 – El padre Christopher estaba muy ensimismado en los problemas que tenía con el Obispado y con los problemas que tenía para poder obtener los recursos suficientes para poder mantener con alimentos a los centros de nutrición y a los asilos de ancianos. Miró el cielorraso del techo de hormigón, pintado de blanco, y después cerró los ojos; necesitaba dormir algunas horas. Si no descansaba, reventaría. Abrió de nuevo los ojos y observó el reloj de pared: eran las 11:00 de la noche. Estaba vestido de color negro, como era su costumbre, y solamente se había quitado los zapatos para tenderse en la cama. La presión a la que estaba sometido le había impedido probar bocados en todo el día. La casa estaba en silencio. Sus ojos se cerraban, pero volvían abrirse. Sabía que no podría dormir esa noche. Sintió unos pasos que se dirigían hasta la puerta de su habitación. Después, fueron dos golpes suaves que tocaron la puerta. Esperó de mala
manera, un momento, sin responder. No tenía deseo de hablar con nadie. Quería estar solo.

3—¿Quién es? -preguntó sin incorporarse. No quería recibir a nadie. Necesitaba estar solo y no quería ser importunado. Arrugó el rostro y casi cerró los ojos con sus espesas cejas.

—Soy yo. padre, sor Cristina -dijo la voz angelical de la religiosa encargada del Colegio Diocesano.

—¿Qué queréis? Estoy muy cansado, hermana.

—Lo buscan, padre Christopher.

Hizo un silencio dubitativo. Pero no tenía otra alternativa que hablar. Ni siquiera a esa hora de la noche podía descansar en paz.

—Estoy muy cansado. Dígale a Martín o a otro de los cooperantes que resuelva la situación. Estoy muy cansado y tengo que dormir. El que sea que hable con usted o con Martín. Usted sabe que Martín puede resolver cualquier problema que se presente.

La religiosa hizo un breve silencio. El padre pensó que se marchaba. Respiró profundamente, y después expulsó el aire, como si se hubiese quitado un gran peso de encima.

4—Es a usted a quien lo buscan, padre Christopher. Perdone por interrumpir su sueño. Dice que es un asunto muy importante que quiere hablar con usted. No ha querido hablar conmigo ni con Martín. Dice que es un asunto muy privado y personal, y que solamente lo tratará con usted, padre.

—¿Quién es que me busca? -cuestionó de mala gana.

La religiosa pareció tomarse un tiempo para responder. Permanecía frente a la puerta cerrada de la habitación del padre Christopher y no pronunciaba el nombre de quien buscaba al sacerdote.

—Es el capitán Lucas Robles. Tiene mucho interés en conversar con usted. Me ha dicho que es un asunto muy personal lo que quiere tratarle. Creo que debe recibirlo —dijo levantando la voz—. Parece que es algo muy importante lo que quiere conversar con usted.

5 – El padre Christopher se quedó en silencio. Miró al Cristo que estaba en su pequeño altar, con la enorme cruz que colgaba, y abrió, totalmente sus ojos, como si implorara una tregua. Se sentía agobiado por todo lo que había pasado en los últimos días, y por el incremento del trabajo en la misión. Con la reducción de los cooperantes, el trabajo se había duplicado. Las fuerzas parecían abandonarle.

6—Dígale que voy en un momento —dijo mientras se levantaba y se miraba en el pequeño espejo que tenía en la pequeña habitación. Se peinó su cabello colmado de canas, para arreglárselo un poco. Miró su rostro. Hacía mucho tiempo que no se miraba al espejo. Casi desconocía la imagen que reflejaba el espejo. Se había convertido en un viejo en poco tiempo. Suspiró profundamente. Se lavó el rostro, para poder recuperar las fuerzas y ponerse alerta; deseaba sentir el agua fría en su piel. Después salió al encuentro del recién llegado.

7—Éstas no son horas, hijo, para venir a procurar un consejo -dijo en un tono un tanto gracioso el sacerdote-. ¿Cómo está, Capitán? Ésa sí que es una sorpresa, verlo por estos lugares a estas horas. Tenía tiempo que no lo veía. Para la Guardia, parece que la casa de Dios no es un lugar donde frecuentar. Bienvenido, Capitán, a este humilde hogar.

En la sala esperaban al sacerdote, sor Cristina y Martín Almonte, que se había levantado y acompañado a la religiosa a recibir al oficial del Ejército Nacional. Martín permanecía muy vigilante a todos los movimientos de Lucas. ha protegido cuando he tenido agresiones, ni cuando tirotearon esta casa.

Lucas Robles prefirió mantenerse en silencio y esperar el momento de hablar. No quería entrar en una discusión de un asunto que no lo había llevado hasta la Casa Curial de El Llano.

8 – El sacerdote caminó por el pasillo hasta la oficina. Abrió la puerta y encendió la luz. Se sentó en su pequeño sillón, y el Capitán se sentó frente a él. La puerta había sido cerrada correctamente. Miró un sobre que había en el tope del escritorio y se extrañó por quien había enviado la carta. Estaba dirigido a él, y tenía como remitente a sor Margaret Wilson. Lo tomó y lo guardó en el bolsillo de la camisa; lo leería después que se marchara el capitán Lucas Robles. Era muy probable que sor Margaret estuviera solicitando algunos días de permiso para descansar; ella también estaba cargando muy pesado en la misión. Después de la partida del doctor Robert Barkley. el trabajo se le había duplicado. Era tanto el trabajo que tenían algunos días que no se veían.

9—Son las 11:20 de la noche y yo necesito dormir. Mañana tengo mucho trabajo, Capitán. Lo que usted quiera decirme, hágame el favor de decírmelo de inmediato. He tenido un día muy pesado y necesito dormir algunas horas para reponer las fuerzas -comentó el sacerdote mientras se acomodaba-. Estos últimos días han sido muy agotadores. Vamos al grano. Capitán.

El capitán Lucas Robles lo miró fijamente. Respiró profundamente. Sintió una íntima alegría por encontrarse con el sacerdote de forma privada.

10—Dígame lo que ha venido a decirme, Capitán. —comentó el sacerdote, con cierto aire de impaciencia-. Es muy tarde. Creo que debemos dejar este asunto para mañana. Capitán. Esta misión se levanta a las 4:30 de la mañana a trabajar, para poder cumplir, escasamente, el trabajo del día. Tenemos que preparar todos los alimentos de los centros de nutrición y de los asilos de ancianos, así como otras obligaciones perentorias. Tenemos que llevar mucha de esa ayuda a los bateyes más lejanos de estos territorios.

11 – El Capitán lo seguía mirando severamente, pero con cierta ternura. Parecía que pensaba las palabras con la que le diría el mensaje que le traía al sacerdote. Se levantó del asiento y se acercó al sacerdote. Puso sus dos manos en la madera del escritorio.

—Padre Christopher. usted tiene que marcharse esta noche del país. He venido a buscarlo para llevarlo personalmente al aeropuerto —dijo el capitán Lucas Robles enfáticamente—. Su vida está corriendo peligro de muerte. Lo único que puede impedir que lo asesinen es que usted salga esta noche de la República Dominicana. He venido a estas horas porque la cosa es de suma gravedad. Si yo no hubiese venido esta noche, usted no amanecería vivo.

12 – Por el tono empleado, y por la actitud que tenía en el rostro el oficial del Ejército dominicano, el sacerdote comprendió que estaba hablando con carácter y con una decisión tomada. En el primer momento no entendió del todo lo que decía el oficial. Estaba tan acostumbrado a las amenazas, que tomó las palabras del Capitán como una más, en el largo rosario de agresiones a lo que había sido objeto durante su permanecía en la parroquia. Siempre amenazaban: pero nunca ejecutaban totalmente las amenazas.

13—¿Qué es lo que usted está diciendo? ¿Está diciendo que el Gobierno dominicano lo ha enviado para expulsarme del país? — dijo con rostro asombrado—. No he infringido las leyes de este país, por lo que no tienen derecho a expulsarme del territorio. ¿Usted me está diciendo que el Gobierno quiere matarme? ¡capitán, explíquese mejor!

El capitán Lucas Robles rechazó con un movimiento de cabeza lo que preguntaba el sacerdote.

14—Esto no tiene nada que ver con el Gobierno dominicano. Por eso estoy aquí por decisión propia. He venido a buscarlo para lleva al aeropuerto, esta misma noche. Estoy tratando de salvarle la vida. ¿Es que no comprende la gravedad del momento, padre Christopher? Usted está corriendo peligro de muerte aquí en su casa. Usted no se imagina las fuerzas que usted ha desatado en su contra.

El sacerdote se estremeció, al escuchar que su vida corría peligro en su misma casa. Eso lo aturdió un poco. Por un momento no entendía del todo las palabras del Capitán.

15-Y, ¿por qué tendría yo que salir del país? ¿Quiénes son los que quieren asesinarme? No creo que corra ningún peligro en esta casa. Tengo seguridad y convivo con las personas de mi mayor confianza. No creo que tenga que abandonar el país; en el peor de los casos, sería reforzar la vigilancia.

—Porque su vida está en peligro de muerte. Usted ha enfrentado a todos los sectores poderosos de esta región, y han decidido eliminarlo. Las informaciones que tengo son de que es muy posible que usted no amanezca con vida. El propio Gobierno no lo va a proteger; va a dejar que todo suceda y después hará una investigación mostrenca. Las fuerzas que están en su contra son más fuertes que el mismo Gobierno.

—No lo entiendo, Capitán. Por favor, explíquese mejor. ¿Qué es lo que está ocurriendo conmigo? ¿Quiénes son los asesinos que quieren eliminarme? —dijo enérgicamente. Había entendido la gravedad de lo que le comunicaba el oficial.

16—Me ha llegado el informe de que a usted no lo puede sacar de esta parroquia el mismo Obispo de esta diócesis, por lo que 1os sectores enemigos suyos no han tenido otra alternativa que planificar que usted amanezca muerto en uno de los bateyes, para culpar algunos cortadores de caña de su muerte. Si usted no tiene el apoyo del Obispo, no tiene el apoyo de nadie, y su vida no vale nada en este tiempo. Usted está totalmente solo, padre. Reaccione. Christopher miró detenidamente al Capitán. El oficial estaba informado del conflicto que mantenía con el Obispo, por lo que, lo que decía, tenía mucha validez. Pero, si el oficial creía que él se acobardaría, estaba muy equivocado. Había tomado la decisión de defender su permanencia en la parroquia y lucharía hasta el fin.

17—No voy a abandonar a esta feligresía, ni ahora ni nunca, Capitán. Ésta es mi vida, y aquí estoy dispuesto a terminarla. No les tengo miedo a los matones. Muchas veces me han amenazado, inclusive, a esta casa la han tiroteado, y no le he cogido miedo. No tengo ningún interés en marcharme del país ni de El Llano. Esto es una cuestión de misión apostólica. Si voy a tener miedo por cumplir el mandato del Señor, entonces no soy digno de llevar este ministerio. Si ha sido a eso a lo que usted ha venido, puede marcharse, Capitán. Le agradezco el gesto que ha tenido conmigo, sinceramente. No abandonaré mi labor pastoral en esta región, ni le temeré a los que se oponen a mi trabajo pastoral.

18—Padre Christopher – observó el capitán Lucas Robles – lo que le estoy diciendo es un asunto muy serio. Yo soy el encargado de la Inteligencia Militar de la zona y tengo los informes de todos los planes que se han urdido en su contra. Usted no puede permanecer un día más en el país. Si los enemigos que atentarán contra su vida estuvieran fuera de esta casa, estoy seguro de que yo podría protegerlo; pero sus enemigos están dentro de la casa, padre. Es un asunto muy lamentable, pero es así. No puedo protegerlo de los que lo asesinarán. Lo único que usted puede hacer es salir del país esta misma noche. ¡Padre Christopher, usted es hombre muerto, si no sale hoy mismo del país! —dijo en tono enérgico.

19—¿Quiénes son los que quieren matarme? —cuestionó, ahora un tanto intrigado por la afirmación del Capitán—. No vuelva a poner en duda a ninguno de los miembros de la comunidad de la misión.

Eso que usted está haciendo es levantando una falsa acusación a los hombres y mujeres incapaces de la felonía de que usted pretende convencerme.

—¿Por qué cree usted que le pedí que conversáramos en privado sin ningún testigo de esta casa? ¿Por qué cree que no se ha presentado el policía que le habían asignado para proteger la casa? Sé lo que le estoy diciendo. Mi trabajo es la Inteligencia Militar, y estoy aquí por la certeza que tengo de que usted será asesinado esta noche.

20 El padre se quedó sin voz, por un momento. Todo lo que le estaba diciendo el Capitán podría ser cierto, aunque se resistía a dudar de sus compañeros de misión. Tartamudeó un poco.

—Usted no quería decirme esto delante de otra persona para no alarmarlo, me parece. Debe ser su método de trabajo. Yo no conozco de inteligencia militar ni que carajos.

Los dos hombres hicieron un silencio confuso. Los dos estaban apertrechados en su circunstancia.

21—Pues no. Entre las personas que han sido reclutadas, para que lo asesinen esta misma noche, hay algunos miembros de la misión, que trabajan con usted. Dentro de esta casa está la persona encargada de asesinarlo, padre Christopher. Su cadáver aparecerá tirado en uno de los bateyes donde usted lleva la obra social de la Iglesia.

El sacerdote, por primera vez, sintió una descarga que lo estremeció; pero prefirió mantener la serenidad para no darse por convencido por el capitán Lucas Robles. No podía seguir su juego. —Eso no es verdad, Capitán, y no le acepto que ponga en duda la lealtad de mis compañeros de trabajo. Todo el que está en la misión es gente que tiene una gran vocación de servicio hacia los demás. No puede poner en entredicho la lealtad de mi gente. Aquí dentro de esta casa, no hay asesinos. Esta casa está llena de gente buena y trabajadora, incapaz de cometer un crimen tan alevoso y atroz.

22 – El capitán Lucas Robles miró con pena al sacerdote. Se había pasado más de un lustro en el país y no conocía a la gente que pastoreaba. Él no sabía que todo el apoyo que tenía era hasta que a él le quedara algo qué dar; pero que después que se le acabaran sus donaciones, esa misma gente lo apedrearía, si fuere necesario. Recordó a Jesús en la Última Cena.

.—Padre Christopher. tengo todas las informaciones, con todos los detalles y los nombres de los que han sido responsabilizado de ejecutar la acción en su contra. No estoy hablando por hablar. Sé muy bien lo que estoy diciendo y lo que estoy haciendo. Usted tiene que irse esta noche de El Llano y no regresar jamás a este lugar. Estoy aquí con el único propósito de salvarle la vida, padre Christopher. Es más. estoy muy contento de haberlo encontrado con vida y poder hacer lo que estoy haciendo. Usted no lo quiere creer; pero era muy probable que a estas horas, usted no estuviera con vida.

23 – El padre Christopher se negaba a creer las informaciones verbales del Capitán. Él conocía a todos y cada uno de los trabajadores y sabía que eran incapaces de cometer una acción tan terrible y desalmada. La mayoría de los cooperantes se habían jugado la vida, en varias ocasiones, trabajando con él en los cañaverales. Lo que había planteado el Capitán era algo descabellado que se resistía a creer.

—Para yo poder creerle, Capitán, tiene que darme las pruebas que confirmen que hay un plan para asesinarme desde la misma misión. Si usted me convence de que hay gente de la parroquia que está involucrado en mi contra, entonces le creeré y me iré del país. Creo que eso es imposible; pero le daré el derecho a la duda. Muéstreme una sola prueba y le creeré, Capitán.

24 – El capitán Lucas Robles sacó un papel de su bolsillo de la camisa de color verde oliva. Lo desdobló cuidadosamente. Después se lo entregó al padre.

—Este es un documento confidencial y de Estado; pero se lo voy a mostrar porque no tengo otra forma de convencerlo de lo que está ocurriendo. Esas cuatro personas han cobrado una alta suma de dinero para ejecutar el plan. Las informaciones son de absoluto crédito. La misma persona que le entregó el dinero, que es un miembro de esta comunidad, ha sido quien me ha confiado la información. Me la ha dado, porque quiere que yo retire toda vigilancia de estos lugares y que no presente ningún informe, si sucede el caso. No puedo darle mayores detalles. Este asunto lo estoy haciendo rompiendo con la disciplina militar. Ésta es información que no puede tener ningún civil. Y quiero decirle, que si usted decide quedarse en el país, no cuente con que haya tenido conocimiento de esta información. Me estoy jugando mi carrera militar.

25 – El padre Christopher, cuando comenzó a leer los nombres de los responsables de asesinarlo, cambió de color. No podía creer lo que estaba leyendo. El primer nombre era el de Martín Almonte (su chofer). Su propio chofer y asistente estaba involucrado en un atentado en su contra. Entre los otros nombres había uno de los miembros del Consejo Parroquial. Se sostuvo la cabeza con su mano izquierda y dejó su mirada perderse. No podía creer que estaba siendo traicionado por gente que había convivido con él todo ese tiempo en los momentos más duros. Precisamente, en el momento en que más los necesitaba, le daban la espalda. Cerró los ojos, por un momento, para no creer lo que estaba leyendo. Se resistía a reconocer la realidad de lo que estaba viviendo; pero no podía seguir con la tozudez.

26—Entiende usted ahora por qué no podíamos tener testigos para esta reunión —dijo el Capitán mientras le retiraba de las manos el papel donde estaba consignado el grupo de personas que ejecutarían al sacerdote, esa misma noche—. Martín Almonte se ha vendido al Obispo y a los dueños del ingenio Hermanos Colón.

Hace tiempo que Martín está recibiendo dinero de parte del ingenio y muchos favores de parte del Obispo. Creo que recibe más recursos de ellos, que lo que usted le paga en la misión. Creo que lo han convencido de que usted se irá de todas maneras y que él se quedará desprotegido. Los dueños del ingenio le han asegurado un buen trabajo en la oficina central.

27 – El padre Christopher guardó silencio. Por primera vez no se sintió desprotegido, terrenalmente.

—¡Coño, puta madre! —dijo, finalmente, reconociendo la realidad—. Tengo dentro de la casa a quien me va a asesinar. Esto es algo terrible, Capitán. Si no fuera por el documento que usted me ha mostrado, no lo podría creer. ¡Dios mío!

-Así es, padre Christopher.

28—¡Cono!; pero ésa es la persona de más confianza en la comunidad. Lo tengo como si fuera un hijo, aunque tiene edad de no ser hijo de un hombre de mi edad. Él ha sido mi confianza para todo, inclusive, maneja una parte de los fondos de la misión. ¿Capitán, En quién se puede creer?

—En nadie, padre Christopher, en nadie – respondió el capitán Lucas Robres –

—Usted tiene razón, Capitán. No puedo permanecer en este lugar. No me puedo confiar ni del mismo espejo. Espere que arregle algunas cosas y me despida de algunas personas. Después nos vamos. Por suerte, tengo un ticket abierto para viajar a New York. Me iré esta misma noche.

Continuará la semana próxima donde finalizará el último capítulo de este ensayo.

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New York, NY 22/10/2020