(4 de 8) La otra humanidad del obispo Francisco Ozoria Acosta

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Por Miguel Espaillat New York, NY 9/10/2020

Preliminar

En esta ocasión, con el permiso de mis amables lectores, hago una digresión del tema de hoy para invitar a mis conciudadanos y latinoamericanos en general que ya son ciudadanos de USA a que votemos por Joe Biden. No es que él tenga el talento y la humanidad excepcional para redimirnos, pero desgraciadamente tenemos que votar por el aspirante a líder menos malo, hasta que aparezca ese ser extraordinario que se inserte en la historia norteamericana y del mundo para hacer la diferencia que nos conlleve a la justicia social y a una convivencia que haga posible la paz mundial. Hecha esta aclaración, vayamos al tema de hoy.

El obispo Francisco Ozoria Acosta visita al padre Christopher

1 – El padre Christopher contemplaba la caída de la torrencial lluvia desde la ventana de la pequeña sala de la Casa Curial que daba hacia la calle. La mañana había sido muy lluviosa, lo que le había impedido internarse en el cañaveral que lo llevaría a uno de los más lejanos bateyes. Solamente había podido hacer el trabajo de la alimentación de los niños, las madres embarazadas y los ancianos de los centros de nutrición más cercanos. La caída de la lluvia lo encerraba en el laberinto de la pequeña casa, que ocupaba con algunos otros cooperantes. La lluvia arreciaba, cuando vio que se detenía un automóvil en el frente de la casa. Le extrañó la presencia del vehículo, a esas horas, porque lo conocía: era la jeepeta Toyota Prado del obispo Francisco Ozoria Acosta.

2 – Hizo una mueca, instintivamente, de desagrado. Hacía algún tiempo que el Obispo no visitaba la parroquia; pero además, no había querido recibirlo para tratar los asuntos referentes a las donaciones que llegaban para la parroquia San José, de El Llano. Se miró como estaba vestido y observó que su ropa estaba roída y un poco mojada; pero por el color negro no se notaba mucho. Caminó hasta la puerta y la abrió. Vio al Obispo salir del vehículo, protegido por un paraguas, y encaminarse hasta la marquesina de la casa, que daba a la puerta, donde lo esperaba. El chofer del automóvil permaneció en el interior, como si vigilara los pasos húmedos del prelado. Christopher observó a otros dos sujetos que le acompañaban como guardaespaldas. que permanecían en el asiento trasero. Era norma del Obispo, cuando salía por los lugares más escabrosos, hacerse acompañar de guardaespaldas.

3—¡Monseñor, qué gusto de recibirlo en nuestra parroquia! -exclamó sin mucho entusiasmo, al ver caminar en la lluvia al Obispo y llegar hasta la marquesina—. Hace mucho tiempo que no teníamos el gusto de verlo por aquí. Deje el paraguas en la marquesina, para que se le pueda secar, Monseñor. Esta lluvia es una bendición de Dios. Teníamos muchos meses sin lluvia, y por fin ha llegado. Si no fuera porque los caminos se ponen intransitables, preferiría la lluvia.

4 – El obispo Francisco Ozoria Acosta no respondió el saludo de una vez, sino que prefirió terminar de colocar el paraguas en un lado de la marquesina para que se escurriera. Vestía un traje negro de gabardina inglesa y botas de cuero legítimo, también de color negro. Se sacudió las gotas de agua que le habían caído en la chaqueta y en la camisa de seda; en la cual llevaba un levanta cuello blanco. Tenía como costumbre vestir de primera clase y a la medida. A pesar de su tamaño menor, siempre lucía impecable.

5 – El padre Christopher hizo la reverencia de la dignidad del jefe de la Iglesia en la provincia eclesiástica; el Obispo apenas hizo un movimiento leve de cabeza. Por el aspecto que mostraba, el padre Christopher sospechó que no venía a darle una buena noticia. Recordó que la única buena noticia que había recibido del Monseñor fue cuando aceptó entregarle la parroquia San José; una de las más antiguas del país y con un registro histórico muy importante; pero que tenía muchos años sin párroco, debido a que ningún sacerdote que conocía la región se atrevía a hacerse cargo de aquel territorio, enclaustrado en la más temible de las injusticias, donde la esclavitud era un asunto tan normal como respirar.

6 —He venido porque tengo que hablar con usted, padre Christopher. Tengo muy poco tiempo para poder visitar a todas las parroquias del Obispado. El día ha amanecido muy lluvioso; pero me urge conversar con usted. No podía dejar que pasara el día sin que nosotros sostuviéramos una conversación muy seria. Usted y yo tenemos que ponernos de acuerdo para poder seguir trabajando juntos.

El rostro del Obispo traía un gesto de contrariedad. Su mirada reflejaba que venía con una decisión muy firme para resolver los asuntos de mala gana.

7 – Christopher se dispuso a esperar el planteamiento del Obispo con tranquilidad. Sabía que necesitaría de toda su paciencia para poder lidiar contra la arbitrariedad del Monseñor.

—Señor Obispo, usted sabe que he estado algunas veces por su oficina, tratando de conversar con usted. Me alegra mucho que esté en nuestra parroquia y que quiera conversar con nosotros —dijo El Sacerdote Inglés después de cerrar la puerta—. Para mí es un honor recibirlo en nuestra humilde parroquia. Usted sabe que siempre le he comunicado cada acción que hacemos en la misión. Todos los trabajos de la pastoral social son coordinados con su equipo en el Obispado.

8 – La lluvia seguía cayendo a cántaros y el cielo se había oscurecido. Un estremecedor trueno, precedido por una intensa luz, hizo que los dos sacerdotes se persignaran. El tiempo parecía un mal augurio.

9 – El obispo Francisco Ozoria Acosta se sentó y guardó un breve silencio. Miró la decoración del lugar y los pobres muebles de la casa. A pesar de que el padre Christopher había recibido millones de dólares y muchos miles de euros, no había utilizado un céntimo para mejorar las condiciones de vida del párroco en el Centro Parroquial. Ese hecho pareció no agradarle mucho al obispo. No había un confortable y cómodo asiento para sentar a una dignidad como él. Nada había cambiado en la casa que alojaba al sacerdote de la parroquia San José de El Llano; estaba como cuando la habitaban sacerdotes que no tenían ningún recurso económico. Nunca pensó que utilizaría todos los recursos que se había agenciado en Estados Unidos y en Europa para los pobres y miserables trabajadores cañeros. Para el Obispo, solamente eran parte de la realidad del lugar. Miró al sacerdote, estaba quemado por el sol y su cabello y barba habían encanecido en los pocos años que llevaba dirigiendo la parroquia.

Continuará

New York, NY 9/10/2020