Pasan, pero no pesan

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Por: Carlos Martínez Márquez

‘’ Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo’’. Mario Benedetti

Hoy como una mañana cualquiera y soleada, se presta para un viaje al pasado, a través de imágenes en blanco y negro que flotan en la superficie del baúl de los recuerdos. Así, bajo ese escrutinio existencial que me embarga, me he puesto de pies para tomar el toro por los cuernos y remitirme en la maquina del tiempo para un viaje, en la que siempre dispongo, para visitar aquellos instantes que documentan la ocasión.

En los escombros de un pasado traslucido me encuentro en medio de la espesura de una silueta programada para dejarse ver por breve tiempo: el carbonero de todos los días; el gallo que pica; la ferretería del señor Can; la casona de en frente de mi casa y su frondoso árbol de limoncillo, un giro a la derecha en dirección hacia la calle José Reyes (justo en esa esquina, la cafetería que vendía los sándwiches y licuado de leche mas exquisitos del barrio Villa Francisca).

Estelita, como le llamaban, la modista de la calle Enriquillo, solo llego a tomarme la medida; próximo a la semana del 27 de febrero … la madre de Huguito, el travieso (ido a destiempo), estuvo a punto de iniciar la confección de mi disfraz| cuando de pronto se entera mi progenitor de mi fantasioso deseo por vestirme de ‘’Diablo Cojuelo’’— costumbre dominicana—en la que cada año se honra el carnaval con vistosos disfraces— además  coincide en época de volar  chichiguas que ‘’embellecen’’ el cielo con coloridos multifacéticos que se exhiben en las alturas. José Zapata (Puyun) ‘’aguerrido revolucionario que desde siempre ha ejercido un liderazgo incuestionable en la familia, es quien me lleva a tomar la medida a donde doña Estelita para hacer cumplir mis caprichos e ilusión de obtener mi disfraz para entonces. La objeción de mi padre no se hizo esperar. ¡No! Eso fue un balde de agua fría. No me fue posible. Aún tengo esa sensación de poder cristalizar mi sueño de colarme en una comparsa de carnaval.

En ese pequeño periplo de recuerdos, observo al caminar, las aceras color cemento en la que uniformemente veía sus tapas cubriendo los medidores del suministro de agua [ ciudad Trujillo] así solían decir que, como culto a la personalidad del mandatario de la época, era algo mandatorio. El buzón de cartas de cada cuadra y justo en la esquina de la calle Tomas de la Concha, descanso por largos años lo que fue parte de una tradición y en la que hoy no seria posible por la irreverencia delincuencial de querer violar la privacidad del ciudadano, abriendo las cartas, en busca de algo de valor. En aquel tiempo llegaban a enviar hasta dinero dentro de las cartas y nunca fueron objeto de violaciones. Esos tiempos quedaron atrás.

En mis años transcurridos y sé que muchos de mi generación (incluso aquellos que han vivido mucho más y que aún están)— podemos sentirnos gratificados por lo que la naturaleza del tiempo nos ha devuelto a través de nuestra memoria— como un documento trascendental para establecer las comparaciones de lo que hemos visto con asombro de esta sociedad actual.   El tiempo y los años son nuestros mejores aliados para rejuvenecer. ‘’El amor’’ por lo que prevalece el ser es el artificio de encontrar a través de escombros el tesoro perdido: la sencillez y la humildad y el respeto por todo aquello que nos importa en la vida. Somos nada, si la estatura del ser humano no la encontramos en el fondo del océano del sentimiento. Y la deidad como ornamento con tendencia a la vanidad será mancillada por el propio egocentrismo que no rinde frutos que preserve nuestra dignidad. Veamos los años transcurridos como fruto del ejercicio de nuestra inteligencia emocional para que no nos pesen y la carga de frustración sea lo más ligera posible. Apreciemos el tiempo en toda su dimensión e invirtámoslo en acciones propositivas para los que nos ven como fuente de estoicismo en tiempos difíciles.