Soledad en el poder, y situaciones judiciales previsibles en contra

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Por Rolando Fernández

La verdad es que, debe ser bastante traumatizante, la salida súbita o no, de cualquier mandatario que se vea obligado a tener   que abandonar la primera Magistratura de una nación.

Máxime eso, cuando se advierte la posibilidad de que, a posteriori, algunos procesos judiciales en su contra, relacionados con determinadas ejecutorias llevadas a cabo durante la gestión de que se trate, muy cuestionadas públicamente, puedan ser incoados por la sociedad que se ha estado representando, al sentir esta, que han sido afectados sus intereses por aquel.

Obvio que, ¡el poder es muy bueno! Y, lo que se tiene que vivir entonces en aquellos momentos normales de despedida, con incertidumbres de ese tipo, cuando solo resta entregar el mando al relevo seleccionado por el pueblo en las urnas, si es el caso, claro está, en los que ya se es, y no se es nada, en términos reales, tiene que desmoralizar bastante a un individuo que haya ostentando tal posición.

Como es lógico entender, ¡eso de señor, y sí señor, con el ahínco acostumbrado, se va apagando entonces!; lo cual golpea, como es natural, el envalentonado ego que cultivan los gobernantes durante la estadía en el alto cargo, por los endiosamientos de que son objeto por lo regular, entre otras cosas.

Después, cuando ya solo se está ocupando transitoriamente un espacio referente de espera, hasta el instante de tener que entregar los “bates” a los nuevos que dirigirán los destinos del país, los “tragos” tienen que ser bastante amargos.

Pues, además tienen que afectar, los abandonos que se van observando de cuántos han estado a bordo de la nave capitaneada por el jerarca político otrora, ¡qué pronto se tendrá que ir!; y, que están aprovechando esos el ínterin, como es natural suponer, para comenzar a mirar hacia otro lado.

Se van alejando aquellos sutilmente, en busca de encontrar una nueva cobija sustituta futura, proveedora de lo anterior, y protectora por demás, con respecto a lo mal hecho en que se pueda haber incurrido, recordado siempre “al echarse la paloma”, como se dice popularmente.

Los pensamientos inquietantes que llegan a la mente del despedido “magnate cabecera”, principalmente, tienen que martillarle sin piedad, y hasta le inducen a inclinarse por desesperadas decisión, de ordinario descabelladas, por lo regular. También, las desidias durante el proceso de transición se hacen notales, parece que motivada por “el ya me voy”.

Obviamente, amén de eso, golpea los ánimos el hecho de que, en lo adelante, se verá disminuido considerablemente, tras perderse el poder, luego de haber estado por un tiempo razonable, siendo el mandamás entre todos los congéneres de su sociedad; haciendo y deshaciendo a mano abierta, por completo; recibiendo los honores de estilo, las pleitesías lamboneriles ordinarias; y, en adición, estar repleto de seguridades a veces extremas, tanto él como sus familiares. ¡Se acabará el “festín”!

Todas esas, condiciones que le hacían sentirse como dueño y amo del universo circundante, a su alrededor pleno; e intocable, ni con el pétalo de una rosa. ¡Más que motivos se tienen, cuando se disfruta del poder omnímodo en un país!

Se piensa ahora, en que tales cosas habrán de quedar en el pasado, lo cual tiene que afectar anímicamente al más “acorazado” hombre, en términos emocionales propiamente; más quizás, cuando la preparación mental previa brilló por su ausencia.

Se ha estado con el ego muy alto, como es racional suponer, y de repente, la población “le saca la alfombra de abajo de los pies”, como reza un decir pueblerino, tanto a él, hasta el momento creído muy importante, sus familiares, y colaboradores más cercanos.

“Les pasa el rolo”, como se dice popularmente. Se procuran los cambios estimados pertinentes. Prevaleció la intención de lidiar con caras nuevas, sea para mejoras sociales, u otros desengaños, de esos acostumbraos a recibir por la población. El asunto es cambiar, para ver qué pasa.

A todos los expulsados del poder – al director y la orqueta completa -, les asalta la reflexión aguijoneante obvia: “nos tenemos que ir; y, solo nos espera el ser juzgado por la sociedad nuestra; tener que rendir cuentas ante esa, por todo lo malo que hiciéramos, aprovechando las posiciones ocupadas; y, esperar por el reconocimiento de lo que se considere loable, si es que algo hubo, como premio de consolación, a nivel de las páginas de la historia patria”.

Claro, el de mayor afectación en el tenor de lo tratado, tiene que ser el gobernante desplazado, tras un proceso electoral organizado, cuando se le dice que no a sus aspiraciones reeleccionistas; y, obviamente, se le rechaza sin ambages alguno.

¡Me voy yo, con el equipo! Los que fueron mis acompañantes pueden encontrar puertas abiertas en otras partes, según sus habilidades, lo cual no es mi caso ya.  Por eso, tratan de apearse del tren rechazado hoy que conduje antes, en la primera estación que encuentren, algo que me molesta, pero que entiendo.

A prepararse entonces, mental y físicamente, para lo que pueda llegar, cuando se deje en definitiva la poltrona presidencial; preocupación que, conjuntamente con el alejamiento de los adeptos que se siente, como por igual los servidores más cercanos, estatalmente hablando – ninguno, exento de nada tampoco, en el sentido de cualquier punición posible a compartir -, producen un fuerte malestar en todos los órdenes, e insomnios prolongados a cualquiera.

 

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