Relato: La trágica noche en que fue asesinado Isidro “Marcayaque” “El hombre carpintero”

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Por Emiliano Reyes Espejo

El fantasma de “Isidro El Carpintero”, también conocido como Marcayaque, rondaba penando por las calles del poblado. El que lo veía lo observaba con lástima porque se advertía haraposo, todo raído. Llevaba una perforación en el pecho desde la cual emanaba sangre que se creía salía desde el mismo centro de su corazón.

A pesar del aspecto, la gente no le temía. El que le veía le trataba como a un espectro normal aunque no lo era porque él se perfilaba como otra cosa. Todo comenzó cuando un carpintero sobrevoló las plantaciones de coco del pequeño poblado de Tamayo. Emitía entonces en su vuelo un canto, un sonido chirriado y casi en horas, miles de estas aves surcaban los aires pueblerinos. Siempre he meditado acerca de que, según parece, los pájaros tienen su propio lenguaje y que a través del mismo comunican sus penas y sus alegrías como lo hacen los seres humanos.

Tras esta especie de grito de guerra, los carpinteros iniciaron un ataque despiadado contra los árboles del lugar. Picoteaban las ramas y troncos hasta derribarlos. Primero cayeron como calados por filosas hachas los árboles secos, después tocó su turno a las verdes plantaciones.

Las cosas no ocurrían por casualidad. La extraña naturaleza de estas aves se asomaba y fue cuando un silbido rompió el silencio de la espesa noche. Sonó un disparo y un golpe seco estremeció el pavimento. La oscuridad cedió ante el empuje de las horas para dar paso a una fúnebre claridad. Selene soltó un solo grito y por el pueblo cundió la noticia de la muerte de Isidro Marcayaque “El hombre carpintero”.

A partir de entonces nada fue igual, el mundo giró en torno a sus propias vibraciones. Hubo una mezcla de ira y pesadumbre en los rostros pueblerinos. La gente sin decir palabras rumiaba su impotencia. Cada cabeza hacía sus propias conjeturas y profundizaba acerca de las causas y las consecuencias de esta muerte.

Buscar a un culpable era la tarea común en la conciencia de cada una de las personas. Nadie hablaba, todos se miraban y estallaban en llantos. No lloraban porque pensaban que el otro era el autor del crimen, no; lo hacían creyéndose cada quien culpable.

-“Pude haberlo matado, sí pude hacerlo; me creo ser el culpable. Cualquiera pudo serlo”, murmuraban para sí.

No sé, pero tengo la sensación de que hubo un momento en que odié rabiosamente a este indigente ¿Por qué? No entendía la razón por la que llegué a odiarle, no me había hecho nada nunca, ni una ofensa. Nada. No le ha pasado a ustedes que un día han dicho: “esa persona me cae mal” y cuando te preguntan ¿y por qué? solo atina a decir: -“No sé, me cae mal; es que tiene la sangre pesada”.

En el caso de Isidro Marcayaque podía decirse todo lo contrario, era afable y tal cual orate manso y tierno había sido todo un remanso de bromas para los pueblerinos. Nos había hecho reír en innúmeras ocasiones con sus salidas cómicas. En sus mejores momentos mentales Isidro nos hacía chistes y cuentos alegres que eran motivos de risas. En un pueblo pequeño y sin muchas o casi ninguna diversión, las expresiones y gestos de un demente parece un sensacional espectáculo.

Isidro profesaba un inocultable amor por Yiya la hija de tía Muñeca, mi prima hermosa de cabello lacio y rostro de reina. Cuando Yiya murió de una extraña enfermedad el tocado se pasó la noche llorando desconsoladamente, mientras repetía de manera interminable: -“Mi silla, mi pobre silla….”. Alcibíades, el marido de ésta, un conocido “propagandista” de ron permanecía sentado, escuchando, postrado, oyendo como Isidro prodigaba cariñosas expresiones de cariño a su amada esposa, en tanto él permanecía en insomnio, indiferente en un rincón de la casa de tía Kilimba donde se velaba la difunta. Un litro de la bebida alcohólica que promovía le servía de triste compañía. Desde allí respondía con gestos más que con palabras, los pésames de parroquianos que acudieron al velatorio.

II

El arma que tenía –me decía- era para cuando llegue el momento de la nueva revolución que nunca ha llegado. La guerra de abril recién había pasado y los revolucionarios, los héroes inmortales de esta hermosa gesta se batían en retiradas, fornicando sus propias resistencias ante la embestida estratégica de los Amos del Norte y sus acólitos locales. Este artefacto que pude haber portado, por tanto, no era para matar locos risueños en noches oscuras y sin luna. Entonces ¿Por qué lo maté? ¿Qué pudo impulsarme a cometer este crimen?

Pero luego de repensar todo sobre los hechos ocurridos, tuve una reflexión y razoné: -“No, no pude ser yo. Estoy seguro de que no le maté. No pude hacerlo. No sé lo que es disparar un arma y a él lo mataron de un balazo, un certero y único balazo directo al corazón”. Pero si yo no fui, ni fue ninguna de las gentes del pueblo ¿quién diablo pudo haberlo hecho? ¿Por qué la conciencia nos culpa a todos? No será que todos los matamos. ¿Todos a una empuñamos el arma homicida y disparamos? ¿Pudieron miles de manos y miles de conciencias de las gentes del pueblo activar el gatillo mortal?

Isidro Marcayaque era, y me perdonan la expresión, “un pobre diablo”. Su madre, Gasola, era una amable indigente que deambulaba por las calles y residía en una triste chocita del barrio Alto de Las Flores.

–“Yo era muy niña, pero recuerdo a esta señora, a Gasola, que parecía ser una viejita muy dulce; recuerdo su sonrisa, las pañoletas de cualquier trapo viejo que ésta se hacía en la cabeza. Evoco su pelo blanco, las chancletas que arrastraba por la pesadez de los años, su rostro cuadriculado por las arrugas y sus visitas a la tienda de Blanca Renato donde acudía a mendigar. Eran personas muy humildes, pobres de solemnidad; no sé su origen, sólo sé que vivían en nuestro poblado”, nos relató Nidia Gómez (Mercedita) una habitante del lugar.

El último empleo de Isidro Marcayaque fue como vigilante nocturno frente a la tienda de Janda en la avenida Libertad, donde cuidaba los negocios del sector y donde precisamente encontró la muerte. Comerciantes locales lo habían puesto a trabajar de “sereno” o vigilante en aquel lugar y hasta allí esa trágica noche llegó la bala maldita que le perforó su escuálido pecho.

Las autoridades descartaron que la causa de la muerte haya sido para robar porque no se reportó robo de nada ni a nadie. La otra versión que corrió por los confines del poblado era que al parecer alguien sorprendido siendo infiel silenció para siempre el testigo de esa deslealtad.

III

Carpinteros de diferentes plumajes continuaron depredando árboles. Se resistían a aceptar aquella muerte y así manifestaban su dolor, esa era su venganza, se decía. Los tamborileos o gritos incesantes de estos pájaros taladraban los oídos de las gentes y se mantuvieron así hasta culminado el entierro de Isidro Marcayaque. Las aves llegaron al pueblo con el retumbar del asesinato de este pobre hombre y solo se retiraron con el silencio del enterramiento.

La gente observó con incredulidad la extraña coincidencia. Nadie atinaba a explicar nada, cada quien hizo su propia conjetura mientras se cuidaba de ser atacado por los pájaros.

IV

Marcayaque y su madre Gasola habían llegado al pueblo como todo el mundo. Nadie sabía su procedencia, pero uno se acostumbró a ellos y los trataba como gentes humildes y mansas que eran, a la vez que todo el pueblo disfrutaba de sus ocurrencias, cuentos tiernos e imitaciones de sonidos de pájaros. La gente se sorprendía ante la forma como Isidro Marcayaque transformaba su fisonomía en la de un pájaro carpintero, a la vez que emitía cantos tan idénticos que todos nos quedábamos sorprendidos, pasmados.

-“Mira ese no es Isidro, es un carpintero”, expresaba la gente cuando le veía. Y agregaban: -“Míralo, no parece humano, no tiene piel, su cuerpo lo cubre plumas doradas, grises, amarillentas y rojas. Tú no lo ves, yo sí; pero no me asusto, veo eso como algo normal. Es un hombre carpintero”.

V

-“Ningún hombre puede transformarse en pájaro, no es cierto lo que dices. Te llevas de las visiones de niños encantados, iluminados por los cuentos fantásticos que le hace Isidro y que se dice acontecen en lugares exóticos llenos de pájaros de colores”.

-“No me convencen esas historias. Isidro o es pájaro o es hombre”, subrayaban.

-“Ahora, debo ser sincero”, expresó mi hermano Behín refiriéndose a este misterio: – “La noche de su muerte fue la más pesada que he vivido, había un calor sofocante, insoportable. Y luego, el sobresalto de aquel disparo que cortó el silencio de la noche y retumbó hasta que fue apagado por el aguerrido cantar de pájaros carpinteros que cubrieron el cielo en la espesura nocturna”.

VI

Bolívar y Rafael eran dos hermanos albañiles azuanos y habían llegado a laborar en las construcciones de calles y aceras del poblado, pero que se quedaron aquí donde hicieron familias y muchas amistades. Eran amigos del trago, bonachones y serviciales. En pocos tiempos éstos se ganaron el aprecio de la población. Con la muerte de Marcayaque ellos decidieron asumir todo lo relativo al entierro. Cuando estaban en el cementerio estos hermanos pidieron silencio y juraron por sus vidas que el matador debía aparecer.

-“Tendremos noticias pronto del autor de este crimen. Nada está oculto bajo el sol y el que a hierro mata, a hierro tendrá que morir”, dijeron de manera enfática ante media población allí presente.

En eso dispusieron que el cadáver fuera enterrado con los pies puestos contrarios al sol. Explicaron que de esa manera se sabría quién fue el matador de Isidro, ya que dijeron sería la próxima persona del poblado que caería abatida por la bala. Esta cábala no era conocida en el lugar y la gente dio poca importancia a esta aseveración.

VII

Poco tiempo después un alto oficial, Gustavito, oriundo del poblado y que tenía rango de coronel, cayó abatido en la batalla que se libró en el hotel Matúm de Santiago, donde tropas regulares cercaron al coronel Francisco Alberto Caamaño y a sus heroicos combatientes constitucionalistas durante una visita de éstos a la hidalga ciudad cibaeña.

-“Disparen, tiren carajo, están cercados, no salen de esta vivos”, dicen que ordenaba el coronel Gustavito cuando un certero tiro que disparó desde el hotel un militar constitucionalista, le penetró directamente a su corazón.

Cuando el coronel Gustavito fue sepultado en esta localidad con los honores militares correspondientes, los hermanos azuanos no dejaban de referirse a esta muerte, ya que precisamente el oficial había estado en el pueblo la noche que asesinaron a Isidro El hombre carpintero.

El autor es periodista.