Analogía de un futuro erosionado

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Por: Carlos Martínez Márquez

’Dormir con los ojos abiertos es como soñar con la mente en blanco’’. El autor

El ruido es lo más sonoro cuando se produce un fenómeno físico que espanta hasta los muertos. Sintonizo cada mañana la emisora de los Dioses, que combinada con el aire y el silbido de los pájaros, se producen dulces canticos sinfónicos, que me dan una sensación de esperanza, de que el Sol viene con la mayor intensidad para iluminar el cielo y la tierra. Ambos elementos, son importantes, para darme ese rictus circunspecto que envuelve lo sobrio del aire puro y la brisa que entra por mis sentidos, haciéndome más sosegado e inteligente.

La tristeza debe ser, tal vez,  ‘’mi sentir’’ de equilibrio o mí mal necesario que me sirve de balance para probarme a mí mismo que tan egregio y acorazado he sido para enfrentarme a los demonios en el parnaso de la irracionalidad y la desidia del fuero existencial, que me concibe por fortuna como ser humano. Apuesto siempre, a la férrea convicción de mi ‘’concepción’’ que antagoniza con lo indescifrable, mediante una ecuación que despeje el misterio de lo pertinente y su consecuencia. Atravieso por ese agujero negro y plateado en busca del unicornio que me de las fuerzas para observarlo todo. El frescor de la mañana me transporta a todo lugar que me abastece de energías para poder disuadir todo aquello que me absorbe a contra tiempo.

La voz de la consciencia se oye a distancia, advirtiendo tiempos de tempestades después de la calma. El sonido onomatopéyico, lo más parecido, a la de los paquidermos en estampidas, que combinados al aroma de las amazonas, arrasan con el resto de la fauna que luchan por estar en peregrinajes sobre el páramo de la gélida llanura solitaria y sin cobija.

Tras haber iniciado  mi reflexión de manera  singular, intento generar un paralelismo en lo que observo en el entorno social y el desgaste de la propia sociedad, donde cada vez más uno se siente diezmado en cuanto a la individualidad y colectividad versus la realidad que se está viviendo;  nos ponemos impotentes ante fuerzas extrañas y poderosas que nos empujan a nuestra propia destrucción. Mi intuición, me ha dado, algo de aciertos en cuanto a lo que percibo en este corral de alimañas incrustadas en la hiedra, ramificando microbios que pululan en el espacio, dañando lo poco que nos queda de aire puro. Siento que a veces perdimos la perspectiva, de que nuestro futuro se ha alejado cada vez más de nuestro horizonte.

Pensé que los tiempos de inquisiciones ya habían sido superados, pero en la eclosión de este siglo 21, la violencia ha sido una constante; nunca superaremos la irracionalidad, el desamor, el desprecio por la vida. Y, el vilipendio que vemos a cada momento y no aparece la mano amiga de la justeza para conjurar nuestra infausta desdicha.

La inercia es un desmadre que jamás se ha podido revertir en nuestra sociedad; estamos en una ebullición paulatina que desembocaría en algo inusitado, y que del cual no sabremos su dimensión para detenerla. Solo una nueva generación podría marcar la diferencia, pero hay que empezar desde ayer. No podemos cifrar nuestra esperanza en el mañana, porque siempre se ha estado postergando a nuestra conveniencia. Echemos un vistazo al resto de nuestros vecinos latinoamericanos, que han vivido por igual lo nuestro.

La corrupción es el estigma más azaroso que no se erradica con simplezas y palabras insípidas, porque el propio viento se la lleva a ninguna parte. La fe, es la certeza de lo que se espera, pero, qué tanto hay que esperar para vislumbrar el Sol en su justa dimensión?

 

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