Insensibilidad humana y reducción de hábitats ponen en peligro estabilidad de vida silvestre en el entorno de la escalinata John T. Brush de Manhattan

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Los parques High Bridge y Harlem River, en su conjunto,  ocupan una franja territorial de la isla de Manhattan, en New York,  que se desplaza desde el lado norte de la calle 155, en Washington Heights, hasta las inmediaciones de la calle Dyckman, en los dominios del vecindario de Inwood, corriendo encajonados entre el East River, al este, y la combinación alterna de las avenidas Edgecombe, Ámsterdam, Laurel Hill Terrace,  Fort George y Fort George Hill, por el lado oeste y norte.

 

Hasta hace apenas unos años, el amplio espacio boscoso contenido en el citado perímetro constituía el hábitat natural para toda suerte de especímenes de la vida silvestre que, desde tiempos inmemoriales, tuvieron dicho entorno como morada sin constituir amenaza alguna,  ni entre ellos mismos ni para los habitantes de los vecindarios vecinos que, de más en más, se fueron adentrando y plantando sus reales en áreas que, como antes señalamos, constituyeron una especie de territorio libre para ardillas y mapaches así como aves de múltiples especies y variopintos colores y tamaños.

 

La expansión de la barriada establecida en los terrenos en donde una vez funcionaron las instalaciones deportivas conocidas como Polo Ground, casi a orillas del rio, hizo necesario el diseño de un ramal alterno del Harlem River Drive, que comunicase de forma rápida la 8va. Avenida (Frederick Douglas Jr. )  y las avenidas que conectan y sirven de desahogo al tránsito, comúnmente congestionado de Washington Heights y Harlem, tales como la Saint Nicholas, Ámsterdam, Audubon y Broadway, principalmente.

 

Y dentro de las soluciones viales, se establecieron algunas medidas de tipo peatonal, destinadas a facilitar la movilidad y el esparcimiento ciudadano, en el entorno de las áreas señaladas.

 

Una de ellas lo constituye la escalinata John T. Brush, a la altura de la calle 158, que conecta la avenida Edgecombe y el recién bautizado tramo Willie Mays Way, en combinación con otra solución peatonal que parte desde esta última vía hasta el complejo habitacional; con ello, se consigue superar, con cierta facilidad, un desnivel aproximado de doscientos metros, que separa ambos territorios.

 

          Las citadas escalinatas,  así como el acondicionamiento medioambiental llevado a cabo en todo el entorno por las autoridades de parques y recreación, han convertido el citado lugar, -antes desierto e inseguro-, en una especie de remanso en el que se dan cita, además de los frecuentes usuarios de la vía de acceso, toda suerte de venduteros, taxistas a la espera de clientes, desempleados y uno que otro menesteroso que, a falta de ocupación, ha dado en asumir el citado lugar como el espacio por excelencia para plantar allí juegos de azar, francachelas y otras minucias que van de la mano con el ocio o la falta de dedicación a actividades más útiles y enaltecedoras.

 

Como habrá podido adivinar el lector, detrás de esta oleada humana llegó el desorden, la basura y el irrespeto a los espacios que constituyen el hábitat de los animales de vida silvestre. Junto a ello, la amenaza a especies de vida frágil, cuya estabilidad en ocasiones se encuentra a expensas de individuos insensibles y sin escrúpulos, que no paran mientes a la hora de agredir e invadir los espacios reservados a dichos animales y, lo que es peor, que no les tiembla el pulso y sin ningún empacho envenenan, golpean con cualquier objeto contuso o arrollan con sus vehículos a estos indefensos animaluchos, olvidándose de que, en los planes y proyectos del Creador, todos los seres vivos tienen reservado su espacio en el vasto espacio del planeta tierra en que habitamos.

 

Como hemos señalado unos párrafos atrás, en años recientes la población de mapaches (o Raccoons, como generalmente se les conoce) que pululaba en los senderos de High Bridge Park o Harlem River Park era sumamente significativa. Con su cuerpo rechoncho y peludo, las manchas negruzcas a manera de antifaz en el rostro y los anillos alternados en la cola, estos escurridizos e inofensivos mamíferos constituían parte de la cotidianidad del devenir citadino para los lugareños. Su furtiva presencia y apetito voraz motivaban a más de uno a intentar una buena toma fotográfica y a conquistar su confianza y mansedumbre con la oferta de algún trozo de pan o sobras de comida.

 

Independientemente de los mitos y leyendas que se tejen a diario en relación con la supuesta agresividad de estos animalejos y la transmisión de enfermedades contagiosas de que, supuestamente son portadores, lo cierto es que, en el fondo, solamente asumen dicha actitud al sentirse agredidos;  y, en el caso de las madres –que por lo general, siempre andan con alguno de sus cachorros a cuestas- responden con el instinto materno y en defensa de sus crías, al sentirse hostigadas o acorraladas, por culpa de algún insensato infeliz. Como cualquier madre lo haría!

 

Habida cuenta de que esta especie evidencia hábitos alimenticios principalmente nocturnos y asume una tímida actitud frente a sus depredadores, que por desgracia, en su gran mayoría provienen de la raza humana, es sumamente difícil toparse con uno de estos especímenes a plena luz del día.

 

A lo sumo, se asoman al atardecer, en busca de tanques de depósito de basura y desperdicios, escalan las bardas para penetrar a los patios y garajes de las viviendas y, en ocasiones, ante la escasez de alimentos se aventuran a cruzar las calles y avenidas, a riesgo de sus vidas y a expensas de los desalmados o de cualquier irresponsable que tenga en sus manos el timón de un vehículo, un latente peligro que se incrementa ante la falta ostensible de señalización adecuada al respecto, así como de educación ciudadana para que los  lugareños y transeúntes ocasionales del citado entorno aprendan a manejarse de manera adecuada frente a estos taciturnos animalitos.

 

En tiempos pasados, algunos de estos peludos ‘habitantes’ de quienes hablo, vigilaron mi recorrido, vieron avanzar mis pasos y constituyeron la única compañía en las noches frías, desoladas e inseguras en que, de regreso de la cruda labor en la factoría, me arriesgaba a transitar por el sendero de la escalinata John T. Brush, a que antes me referí.

 

En el curso del trabajo y cual si fuese un colegial, me afanaba en colectar sobras de comida –y uno que otro bizcochuelo o bocadillo-, para repartir a mi paso, entre aquellos infaltables comensales que parecían esperar ansiosos mi llegada, con puntualidad meridiana. Mientras distribuía el humilde regalo, en ocasiones notaba la manera en que los más adultos de aquella pequeña manada de mapaches (3 o 4 a lo sumo) cedían el espacio a los más pequeños, para que se alimentasen primero, mientras alguno de ellos, -un macho, tal vez-, se mantenía a la expectativa, ojo avizor de lo que pudiese suceder a sus párvulos.

 

… y luego de esto, continuaba mi recorrido, hacia la cercana vivienda en donde una tibia cama y una vigilante y solidaria hermana me esperaban!

 

La población de mapaches del High Bridge Park, y de manera especial, los del entorno de la escalinata John T. Brush, se ha ido reduciendo drásticamente, en una forma que llama a profunda reflexión. La creciente invasión de los espacios en que antes se desenvolvía esta inofensiva especie animal parece no preocupar a las autoridades que manejan los asuntos de vida silvestre, en la isla de Manhattan.

 

Parecería que existiese un acuerdo sordo y deleznable para permitir, de manera cómplice, la extinción paulatina o el extrañamiento de estos bonachones animales, del entorno del tradicional parque del ámbito de Washington Heights.

 

Se hace necesario la aplicación de medidas que propendan a la preservación de la vida de estos especímenes de vida silvestre, la señalización adecuada en toda el área, así como el endurecimiento de las reglamentaciones, aplicando sanciones severas a quienes de manera intencional y desalmada arrollen con sus vehículos o inflijan de manera insensata heridas y golpeaduras a estos inofensivos animales.

 

Hay que poner coto al deplorable espectáculo que se presenta cada semana en las vías del Harlem River Driveway, con el atropellamiento y la ineludible muerte de uno o más mapaches, a manos de un insensato, sin la menor pizca del respeto a la vida.

 

Las autoridades tienen la palabra!!

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