No entiendo a la juventud de hoy

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Por Ana Pereyra

Por más que pienso y “requete” pienso, no entiendo a los muchachos de hoy, en mi época teníamos muchas precariedades y limitaciones, pero éramos tan felices. La palabra trauma no estaba en nuestro vocabulario, pero tampoco conocíamos la depresión y no nos aburríamos, solo éramos felices y no sabíamos ni preguntábamos por qué.

Éramos soñadores, románticos y a veces rayábamos en lo ridículo de tan ingenuo comportamiento, nuestras mentes eran veloces para hilvanar el futuro y tan “manganzones” que creíamos hasta en los Santos Reyes. Qué tiempos aquellos..!

La muerte era algo tan misterioso para nosotros, que jamás pensar en matar a alguien; las armas que usaban los varones en mi tiempo eran de plástico, madera, puros juguetes, no le hacían daño a nadie.

En nuestra mente solo había espacio para jugar y estudiar, ‘los menores no teníamos otra cosa por hacer’, nunca faltó un juego de la pelota, el topao, el trúcamelo, las canicas, Mambrú se fue a la guerra y el arroz con leche, eso formaba parte de nuestro entretenimiento infantil.

Claro que son época diferentes, pero soñábamos con lo que podría ser el futuro. Ahora tienen tanto, que es aterrador ver a la juventud con tantos adelantos en sus manos, que a veces usan para preparar bomba o averiguar cómo conseguir una arma de fuego, para usarla indiscriminadamente.

Qué pena me dan los jóvenes de hoy! Con tantas herramientas, que bien usadas sería la revolución de una era. Se imaginan que nosotros, en nuestra época, hubiésemos tenido Internet, Google o Facebook?

Tuvimos que utilizar la cabeza para sumar y restar y no una calculadora. Investigábamos en vez de copiar y pegar, socializábamos jugando al topao, a la gallinita ciega y al flori conventos y no el textiar. A final del día un abrazo o una sonrisa era nuestra mejor carta de presentación Ahora lo tienen todo y poco a poco se destruyen y terminan con los demás.

Sin temor a equivocarme, creo que a los jóvenes de hoy les hace falta un poco de disciplina; de esa mirada, medio aterradora de los padres de antes, donde captábamos el mensaje o el zumbido de la chancleta se encargaba de explicarlo.

Esa disciplina con amor, que no nos traumatizó, todo lo contrario, nos formó y nunca necesitamos una terapia ni de psicólogos. Por más que brincáramos con el “síndrome del niño hiper”, no necesitamos un medicamento para controlar nuestro comportamiento; ahora todo produce trauma y junto a ese “traumatismo” viene la rebelión y el descontrol.

Antes los padres, vecinos y los maestros trabajaban juntos en la formación de los hijos, y eso es lo que les falta a los jóvenes de hoy, que trabajemos juntos, como en mi época, los padres, la escuela y la comunidad… El problema es de todos, y juntos podemos evitar otra masacre.

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