Petición en noche de plenilunio

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Por: Carlos Martínez Márquez

Al momento que escribo mis notas, escucho desde un rincón de mi oficina doméstica, las sórdidas liricas de una música estridente proviniendo de alguna parte, cuyos decibeles alcanzaban el techo del cielo; probablemente los ángeles un tanto inquietos o danzando tal vez. Desde niño, he sido siempre un apasionado en contemplar la belleza del universo y del modo que miro a la luna, cuando justamente adquiere su redondez.

Sediento de experimentar algo distinto  respecto a la tierra. El universo, es generoso cuando provoca en mí, observarlo; su metamorfosis y la  manera de cómo se alinean, forman todo un poema en el firmamento… para influirme en todos sus aspectos en cuanto a su dinámica e intensa energía cósmica. Vivo en un eterno romance con ella y las estrellas; en centenares de veces me han servido para inspirarme y escribir las incidencias  del mundo cotidiano.

Cuando me encuentro en ocasiones profundamente taciturno y ensimismado, busco un motivo temático o alegórico a mi estado emocional, para mitigar mis tribulaciones  respecto a las incidencias del día a día: de ahí me surge la incesante búsqueda de algún aliciente celestial que arroje una batería de luz para plasmarlo en algún lugar de mi espacio físico que permanezca indeleble. Un adintelado hueco de mi ventana me da el libre acceso, al templo erigido con la efigie en su parte superior tocando la trompeta y por el lado lateral del ala Este, el edificio académico donde cada día se dan citas, cientos de estudiantes en busca del pan de la enseñanza; de ese lado se ve brillante y hermosa, empiezo de inmediato a enumerar las cosas que se me ocurran en mi fuero existencialista y que asocie esos momentos de contemplaciones, con ese brillo que irradia de su campo físico y magnético respecto a la realidad del momento a nivel global.

Me encanta imaginarla cabalgándola en el espacio junto a mí, susurrándole en su vientre en noche de plenilunio, el arraigo de poder e influencia que tiene en cada uno de nosotros. Cada aparición encienda el entusiasmo universal, y que en modo de holograma defina los sentimientos de cada quien, como si nos tocara a todos por igual, una partícula de sus átomos emanados de su bella anatomía.

Aprovecho esta noche solemne para pedirle cosas puntuales que necesariamente tienen que ser resueltas: de que las grandes naciones interpongan sus influencias entre sí, para deponer las armas que tantas vidas han cobrado, por el afán enfermizo de hegemonizar ante las naciones más proclives a ser privadas de  existencias, que los propios Estados Unidos, tienen muchos problemas que resolver ante el congreso, para abolir la ley de las ventas de armas a todo el que desee adquirirla, como cuando se va a una bodega a comprar caramelos; que toda américa latina empiece a formar nuevos líderes que gobiernen con pulcritud y lo hagan con decoro, para orgullo de una nueva generación que va surgiendo sin ninguna orientación, y que no corra el riesgo de repetir las mismas historias que se dan en todos lados respecto a las desigualdades; las dictaduras no deben tener espacio en un mundo que procura con afán su propia libertad; cuando miro hacia el firmamento, imploro a la brillantez de la luna que ilumine a la virgen María Lionza, para que eche una mano de despojo en contra de la violencia y excesos de dictaduras que se vive en Venezuela y que flagrantemente se están violentando los derechos de sus ciudadanos, negándoles su independencia y de que vivan una vida sin carencias y limitaciones. Eso deseo para una gran cantidad de seres humanos de todo el planeta, que están en situaciones complejas por las incompetencias de sus líderes y por las ambiciones desmedidas.

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